Una presentadora estrella de la televisión de Los Ángeles vive vigilada las veinticuatro horas: un desconocido la observa, la llama, la sigue y planea matarla.
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Una presentadora estrella de la televisión de Los Ángeles vive vigilada las veinticuatro horas: un desconocido la observa, la llama, la sigue y planea matarla. Para detenerlo contratan a Abby Sinclair, una especialista que no viste uniforme ni monta guardia en la puerta, sino que se infiltra en la vida del acosador hasta averiguar de qué es capaz. El problema es que Abby acaba de fracasar en un caso que terminó con un cliente muerto en un callejón, y esta vez no puede permitirse el mismo error.
La novela arranca con una noche de bares en la Sunset Strip que termina en tragedia. Una joven despechada recorre los clubes de Hollywood con una pistola en el bolso y una idea fija en la cabeza; a su lado, escuchándola con paciencia calculada, hay una mujer de cabello oscuro y ojos color miel que finge ser una amiga casual. Es Abby Sinclair, y su trabajo consiste exactamente en eso: acercarse a quienes amenazan a otros, ganarse su confianza y medir el peligro desde dentro. Esa noche, sin embargo, el azar se le adelanta por unos segundos y un actor de veintitrés años cae muerto en un callejón trasero mientras sus guardaespaldas intentan reanimarlo. Abby no se concede atenuantes: no lo perdieron ellos, lo perdió ella.
Meses después, la trama se traslada a Malibú. Kris Barwood, presentadora de informativos y rostro conocido en todo el país, ha perdido el gobierno de su propia vida. Corre por la playa escoltada, viaja en un coche que ya no conduce, comparte su casa con un equipo de seguridad instalado en la cabaña de invitados y se sobresalta con cada crujido del dormitorio. Su marido, un hombre jubilado antes de tiempo que se refugia en juguetes caros y en frases tranquilizadoras, le repite que no piense en ello; ella sabe que el miedo no obedece a la lógica. Alguien llama por teléfono un día tras otro, y ese alguien no va a cansarse.
El lector conoce al acosador desde el principio, y ahí reside buena parte de la tensión del libro. Raymond Hickle observa a Kris desde la sombra de una buganvilla, se sienta disfrazado de indigente en el arcén para verla salir de casa, calcula rutas y horarios y guarda una escopeta en una bolsa de lona dentro de su coche. No la considera una mujer sino una aparición luminosa a la que piensa liberar de sus ataduras terrenales, y esa mansedumbre delirante resulta más inquietante que cualquier arrebato. No tiene prisa: sabe que puede matarla cuando quiera.
Entre ambos se interpone Abby, a la que su antigua empresa de seguridad —una compañía en plena sangría económica, donde los pasillos se han vaciado y las miradas de los compañeros aún le pasan factura por lo ocurrido con el actor— vuelve a llamar precisamente porque su método no se parece a ningún otro. No es psicóloga, no lleva placa, no monta guardia; se convierte en la vecina, la conocida, la amiga improbable, y desde esa posición averigua si una obsesión va a quedarse en llamadas telefónicas o va a terminar en un disparo. Es un oficio que exige mentir sin descanso y estar lo bastante cerca del peligro como para no poder retroceder.
Ambientada en un Los Ángeles de estudios de televisión, casas pegadas al mar y clubes nocturnos donde nadie recuerda los nombres, la novela alterna los puntos de vista de la víctima, del acosador y de la mujer contratada para interponerse entre ellos. El resultado es un relato de suspense sostenido menos por el misterio de quién amenaza que por la pregunta de cuándo actuará, y por la certeza incómoda de que la protagonista se juega en este caso mucho más que un encargo profesional: se juega la posibilidad de compensar una muerte que sigue considerando suya.
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