Grace ha vuelto a New Haven decidida a llevar una vida corriente —turnos en la pastelería de su madre, tardes con su hermano pequeño, libros prestados de la biblioteca—, pero un mensaje de socorro de cuatro palabras basta para devolverla…
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Grace ha vuelto a New Haven decidida a llevar una vida corriente —turnos en la pastelería de su madre, tardes con su hermano pequeño, libros prestados de la biblioteca—, pero un mensaje de socorro de cuatro palabras basta para devolverla al mundo del que huyó. Su amiga Natalia está retenida en un club de la ciudad, en manos de un traficante violento, y rescatarla significa volver a ponerse la cazadora roja que había jurado no tocar.
Hay una vida que Grace intenta construirse a fuerza de rutina: madrugones que odia, un hermano mayor que la despierta a cosquillas, masas de galletas en la trastienda de la pastelería que su madre abrió persiguiendo un sueño tardío, deberes de matemáticas con Lucas, el pequeño de la casa, y un pasillo favorito en la biblioteca donde un viejo amigo del instituto le recomienda libros de medicina. Es una vida modesta y deliberada, y ella la defiende como quien defiende una tregua: trabajar, ahorrar, entrar en la universidad, no volver a las calles.
El problema es que esa tregua tiene grietas visibles desde la primera página. Grace lleva días sin dormir, ha adelgazado, y en cuanto pisa la acera su cuerpo se tensa y empieza a leer el entorno —la gente, los coches, las salidas— con un automatismo que no se aprende horneando galletas. Ha vuelto hace pocas semanas de Japón, adonde se marchó tras deshacer las bandas de New Haven, y su familia se debate entre el alivio de tenerla cerca y el temor a lo que su regreso pueda despertar. Su tía Norma se lo dice sin rodeos: era pronto. Ella responde que no soportaba sentir que huía, ni dejar desprotegidos a los suyos.
Mientras Grace se convence de que ha tenido un día normal, la novela abre una segunda línea narrativa mucho más oscura. Natalia, drogada y golpeada, escucha desde un sofá las conversaciones de Roberto y su socio Mateo: alguien está desmantelando su red de camellos y nadie sabe quién. Aparece también el padre de Roberto, un hombre que comprueba pulsos y reparte bofetadas con la misma frialdad administrativa, y vuelve a pronunciarse un nombre que hiela la sangre. Inmóvil, fingiéndose inconsciente para seguir viva, Natalia consigue lo único que le queda: un teléfono olvidado en el forro de la chaqueta y un mensaje de auxilio dirigido a la amiga con la que lleva meses sin hablarse.
Lo que sigue es el reingreso de Grace en un mundo que la reconoce antes de que ella se reconozca a sí misma. Avisa a su padre con dos palabras, saca del armario una cazadora roja que llevaba semanas sin atreverse a tocar y conduce hasta las afueras sabiendo que actuará sola. En la puerta del club Aqua la esperan viejos aliados, hombres que aún la llaman “jefa” y un aviso que corre por los pinganillos de seguridad: la Cazadora está aquí. Dentro, Roberto bebe en el reservado y Natalia agoniza a unos metros.
A lo largo de sus sesenta y un capítulos —con títulos que anuncian salas de espera, heridas abiertas, treguas, emboscadas y despedidas—, la novela alterna la calidez doméstica con la violencia del ajuste de cuentas, y hace de esa alternancia su asunto real. No es solo la historia de un rescate, sino la de una protagonista que debe decidir cuánto de lo que fue está dispuesta a recuperar para proteger lo que ama, y qué precio pagan los demás cada vez que ella vuelve a pelear. La confianza rota entre dos amigas, el remordimiento por el daño causado y la tensión entre la persona que quiere ser y la que sabe ser sostienen un relato de acción urbana narrado en presente, con capítulos breves y un ritmo que empuja a seguir leyendo.
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