En la semana más febril del calendario de Hollywood, Lola Santisi —hija de un director dos veces nominado al Oscar— decide dejar de coleccionar actores para volcarse en algo que sí depende de ella: colocar un vestido de su amigo diseñador…
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En la semana más febril del calendario de Hollywood, Lola Santisi —hija de un director dos veces nominado al Oscar— decide dejar de coleccionar actores para volcarse en algo que sí depende de ella: colocar un vestido de su amigo diseñador Julian Tennant sobre la alfombra roja. Amanda Goldberg y Ruthanna Hopper firman una comedia satírica sobre la industria del cine escrita desde dentro, con oído fino para sus jerarquías, sus rituales y sus vanidades.
Lola Santisi nació literalmente la noche de los Oscar, mientras su madre se disponía a felicitar al ganador del premio al mejor actor. Veintiséis años después sigue viviendo a la sombra de aquella estatuilla: apellido ilustre, invitación en el horario bueno de las fiestas y ninguna certeza sobre qué hacer con su propia vida. Su padre, Paulie Santisi, acaba de ganar su segundo Oscar al Mejor Director tras casi una década de fracasos; su madre, antigua musa de portadas, administra el prestigio familiar como quien sostiene un decorado. Lola, entretanto, mira la alfombra roja con el vestido equivocado y el corazón recién roto por un actor al que la revista People acaba de nombrar el hombre más sexi del hemisferio.
Agotada de una cadena de romances con estrellas cada vez más ensimismadas, Lola se impone un plan: dejar de esperar su final feliz y poner su agenda de contactos al servicio de la gente que quiere. El primer beneficiario es Julian Tennant, diseñador con talento y sin la maquinaria que tienen Dior, Chanel o Prada. Basta con que una actriz de primera línea acepte llevar uno de sus vestidos ante los fotógrafos para que su carrera cambie de escala; conseguirlo, en una semana de estilistas armados, favores cruzados y compromisos ya cerrados, es otra cosa.
La acompaña Kate, su mejor amiga desde hace once años, agente ambiciosa que acaba de llevar a un cliente hasta el Oscar al mejor actor y descubre, esa misma noche, lo poco que pesa ese mérito cuando no queda sitio en la limusina. A su alrededor orbitan Cricket, actriz que sobrevive a las audiciones desde un apartamento diminuto en Venice, un hermano que huye de las fotos familiares, un tío humorista que dice la verdad entre chiste y chiste, y un secreto doméstico que Lola descubre en el peor lugar y el peor momento posibles.
Escrita a cuatro manos por dos autoras criadas en ese mismo ecosistema, la novela funciona a la vez como comedia de amistad y como radiografía de un sistema de castas: quién entra en qué fiesta y a qué hora, quién presta las joyas, quién decide qué cuerpo merece un vestido. El tono es ligero y veloz, cargado de nombres propios y marcas reconocibles, pero el retrato tiene filo: bajo el glamour se dibuja la mecánica de la validación permanente y el precio que cobra a quienes viven de ella. Entre la ironía y el afecto, Lola avanza hacia la única pregunta que la ceremonia nunca responde: qué queda de una cuando se apagan los flashes.