Nélida tiene veintitrés años, una madre a la que la demencia le ha borrado el nombre de las cosas y una cuenta bancaria en caída libre. Cuando la frutería donde trabajaba echa el cierre y el alquiler se dispara, una propuesta lanzada al…
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Nélida tiene veintitrés años, una madre a la que la demencia le ha borrado el nombre de las cosas y una cuenta bancaria en caída libre. Cuando la frutería donde trabajaba echa el cierre y el alquiler se dispara, una propuesta lanzada al paso en un descampado se convierte en la única puerta abierta. Ceniza roja, de Saray Ramírez Martín, es una novela sobre la precariedad como forma de violencia, el deseo que se cuela donde no lo esperábamos y el horror que no necesita monstruos para funcionar.
Hay pobrezas que no se anuncian con un desastre, sino con una resta diaria. Nélida las conoce bien: un empleo que se sostiene a base de sonrisas y escotes calculados en una frutería moribunda, una madre que cada noche despierta gritando que vienen a matarla, un hermano que visita dos tardes al mes y confunde la preocupación con la culpa. Cuando llega el despido —cuatro perras y una caja de mandarinas pochas—, la aritmética se vuelve imposible. Nélida reparte notas en los buzones del barrio ofreciéndose para lo que sea, y lo que sea acaba siendo, primero, limpiar el palomar de un viejo cliente entre plumas, gusanos y una rata que atrapa con las manos, y después algo que no aparecía en ninguna nota.
La cifra la persigue: ciento ochenta euros. Es lo que un desconocido le ofrece una noche en un descampado, sin bajar el tono ni interrumpir lo que estaba haciendo, y es lo que Nélida termina repitiéndose como un mantra para no oír la voz de su vecina advirtiéndole de los peligros que hay por ahí. Lo que sigue no es la caída moral que el lector podría anticipar, sino algo más incómodo y más humano: un café, una conversación, una casa pequeña y templada, un hombre solo que llevaba años comprando compañía y que de pronto quiere que se quede. Entre Nélida y Alfonso se instala una relación imposible de nombrar, sostenida por el cariño y minada por los celos, con un impuesto inevitable cobrado después de cada instante de paz.
Saray Ramírez escribe ese mundo sin filtro y sin coartada. El descampado se puebla de mujeres a las que la novela llama flores marchitas, cada una con su motivo —la factura de la luz, la nevera, los hijos, el capricho—, y la autora las mira de frente, sin condescendencia ni redención fácil. La prosa alterna la ternura del detalle costumbrista (el bizcocho para el niño del vecino, la telenovela, la caspa en los hombros de un anciano que ya no espera nada) con una crudeza física que no pide permiso: la suciedad, los cuerpos, el sexo, el asco. Los títulos de los capítulos, tomados del vocabulario del manga y del cómic adulto, y los epígrafes de Stephen King y Junji Ito que abren el libro anticipan bien el pacto: aquí lo gráfico no es adorno, es método.
Sobre todo ello empieza a proyectarse una sombra con nombre propio. Eloy Rivadulla, al que todos llaman Cacique, aparece por boca de otros antes que en escena: guapo, encantador, creativo y violento, con un buen trabajo que ofrecer y una reputación que hace callar a hombres poco escrupulosos. Alfonso suplica a Nélida que se aleje. Nélida escucha lo que oye siempre —que es una pobre desvalida— y responde lo que responde siempre. El lector, que ya ha visto cuánto pesa una subida de alquiler, sabe que la advertencia llega tarde.
Prologada por Pablo Cabrera, que la presenta como una ruptura deliberada con los registros anteriores de la autora grancanaria, Ceniza roja funciona en dos capas: una novela negra y sucia sobre supervivencia económica, y bajo ella una reflexión incómoda sobre la creación, sobre lo que se pide a quien crea y sobre el precio que se cobra en cuerpo. El rojo del título atraviesa el libro de principio a fin y termina siendo menos un color que una factura. No es una lectura amable ni pretende serlo. Es una lectura que se queda.