Un díptico narrativo que combina el relato oral de un duelo familiar con la crónica de una obsesión doméstica que se vuelve delirio. En la primera parte, un jefe de oficina escucha, casi contra su voluntad, la historia que le cuenta un…
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Un díptico narrativo que combina el relato oral de un duelo familiar con la crónica de una obsesión doméstica que se vuelve delirio. En la primera parte, un jefe de oficina escucha, casi contra su voluntad, la historia que le cuenta un empleado ausente por la muerte de su abuelo: un relato de amores impuestos, orfandades y una vejez fiel al recuerdo de la esposa muerta. En la segunda, un hombre solitario intenta detener el paso del tiempo fijando cada objeto de su casa en un lugar inmutable, mientras su empleada doméstica —a quien llama con el nombre de otra— es testigo de un derrumbe interior cada vez más inquietante.
La obra se articula en dos movimientos que dialogan entre sí desde la pérdida y la necesidad de control frente a lo que se escapa. El primero adopta la forma de un monólogo de oficina: un superior burocrático, irritado por partes de ausentismo mal redactados, termina atrapado por el relato que le ofrece uno de sus empleados, Loprette, sobre la muerte reciente de su abuelo. A través de esa voz se despliega una saga familiar completa —una bisabuela entregada al nacer, un matrimonio de conveniencia, la fundación de unas cantinas prósperas, los perros callejeros que un viejo viudo adopta para no sentirse solo— hasta desembocar en una muerte que llega apenas se cumple la última voluntad de la esposa fallecida: esparcir sus cenizas en el río. El oyente, inicialmente fastidiado, va cediendo a la fascinación por ese linaje de gestos poéticos y lealtades silenciosas, y termina midiendo su propia vida afectiva contra la del abuelo ajeno. El segundo movimiento cambia de registro y de temperatura: un hombre que vive solo, tras la partida de su pareja, desarrolla un sistema cada vez más rígido para que nada en su entorno se mueva ni cambie de lugar. Un mosquito aplastado contra la pared se convierte en su ancla emocional; su empleada doméstica, sometida a reglas minuciosas sobre el polvo y los objetos, es rebautizada con el nombre de una nodriza de la infancia del hombre. Puertas que se abren solas, pasos que resuenan como ecos, y finalmente una escalada en la que el protagonista empieza a pegar cada objeto de la casa a su lugar, marcan el tránsito de la manía al colapso. La perspectiva se desplaza entonces hacia la hermana de la empleada, que reconstruye desde afuera —con extrañeza creciente y un miedo que no termina de nombrarse— el deterioro de ese vínculo doméstico y la desaparición de su hermana tras una jornada de trabajo que no vuelve a tener noticias. El conjunto explora, con un tono que alterna la ternura y la inquietud, cómo el duelo, la pérdida y el miedo al cambio pueden expresarse tanto en la fidelidad silenciosa de un abuelo como en la deriva obsesiva de un hombre que necesita que el mundo deje de moverse.
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