Un hombre recién salido de una clínica psiquiátrica regresa al piso donde vivió con la mujer que mató y allí lo alcanza una desconocida que parece saber de su vida más de lo que él mismo recuerda.
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Un hombre recién salido de una clínica psiquiátrica regresa al piso donde vivió con la mujer que mató y allí lo alcanza una desconocida que parece saber de su vida más de lo que él mismo recuerda. Lo que empieza como un acto de autocastigo se convierte en una huida entre disparos, identidades falsas y una segunda voz que narra, desde un futuro ya consumado, el origen de la extinción humana.
Gabriel tiene cuarenta y un años y acaba de recuperar la libertad. Siete años atrás sobrevivió a una catástrofe aérea de la que solo él y su mujer, Andrea, salieron con vida; poco después, en pleno desierto, la mató. Tres clínicas psiquiátricas, un tratamiento farmacológico que le borró la memoria a jirones y una deuda legal saldada lo devuelven ahora al piso conyugal, intacto desde el día del viaje: el vaso con la marca de unos labios en el polvo, las cajas de la hija que no llegó a nacer, la novela inacabada que sigue en un cajón. Sin lágrimas y sin pastillas, decide que la manera más limpia de destruirse es profanar aquella cama, y llama al número de una tarjeta de visita que apareció en el bolsillo de su abrigo sin que él sepa cómo.
La mujer que sube por la escalera no viene a cobrar. Zoé cruza el umbral, formula una sola pregunta —por qué Andrea se dejó matar—, escucha que él no lo sabe, se lo agradece y se marcha en tres minutos. Cuando Gabriel sale a buscarla, la calle lo devuelve a otra escena: dos hombres con acento extranjero que le enseñan una fotografía de ella tomada con teleobjetivo, lo detienen sin identificarse y mueren tiroteados en un paso de peatones por un motorista al que las balas no parecen afectar. Con dos carteras vacías en el bolsillo y un billete a novecientos kilómetros, Gabriel entiende dos cosas a la vez: que su vida corre peligro y que en la órbita de Zoé no existe la casualidad.
En paralelo avanza otra voz. Una bióloga que investigaba cronobiología —el tiempo y la vida— cuenta su historia desde un punto en el que el tiempo ha dejado de ser relevante y el futuro ya ha ocurrido. Su relato empieza con lo doméstico: una familia de clase media, un jefe casado, encuentros a escondidas. Y se abre luego a un diagnóstico frío de cómo el poder financiero desmontó el Estado social en dos fases, la Crisis y la Gran Estafa, hasta clausurar la posibilidad de un mundo mejor. Cuando la esposa de su amante, Lea, una mujer con acceso a las altas esferas, la cita en unas instalaciones oficialmente inexistentes —coche con chófer, helicóptero, una mesa en una cala desierta—, la narradora descubre que nada de aquello iba de celos. Y deja caer, casi al pasar, una frase que reordena todo lo anterior: esa mujer terminaría siendo su hija.
Las dos líneas se sostienen sobre la misma premisa: un descubrimiento tecnológico a pocas décadas de distancia que cambiará lo que entendemos por tiempo, por origen y por final. Sobre ese eje, la novela combina el pulso del thriller de persecución con la especulación científica y la crítica política, y va convirtiendo la culpa privada de un hombre en la pregunta por el destino de la especie: la historia que Gabriel debe escribir es una revelación dirigida a los últimos seres humanos de la Tierra, los únicos capaces de entender de dónde venimos porque serán los únicos en enfrentarse al verdadero final.