Una mujer narra ante su terapeuta los recuerdos de una infancia marcada por el silencio, el poder y el abuso, en el seno de una familia ligada a la última dictadura argentina.
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Una mujer narra ante su terapeuta los recuerdos de una infancia marcada por el silencio, el poder y el abuso, en el seno de una familia ligada a la última dictadura argentina.
“Cero grado” se construye como una larga confesión: una narradora adulta, hoy médica, reconstruye ante una psicóloga los fragmentos de su historia familiar, empezando por la gran casa de su infancia, con su biblioteca, sus torretas y su parque, escenario de juegos infantiles y también de secretos que nadie nombraba en voz alta. El padre, apodado el Coronel, es una figura de autoridad militar cuya sombra se extiende sobre toda la casa y sobre el país en años de represión y miedo; la madre, Mercedes, sostiene una fachada de serenidad que esconde su propio dolor y, con el tiempo, un deterioro mental que borra sus recuerdos poco a poco. Entre los hermanos, Augusto crece como el confidente y cómplice de juegos de la narradora, mientras que Julio César, el mayor, encarna una ternura que se revela progresivamente perturbadora y dañina. A través de escenas domésticas —meriendas, siestas, visitas del médico de la familia, la fiel Joaquina cuidando de todos— la novela va tejiendo una crónica íntima del cuerpo, la enfermedad, la muerte del padre y la lenta desaparición de la madre, al tiempo que asoma la historia política del país: la guerra de Malvinas, la represión, la caída del régimen. Intercaladas entre los capítulos de la memoria, aparecen relatos breves de tono legendario —una anciana que teje cuentos que detienen el tiempo, un adoquín soberbio que se niega a ser removido, una prisionera que dibuja una fuga en un espejo de agua— que funcionan como fábulas paralelas, iluminando desde la distancia lo que la protagonista no logra decir directamente sobre sí misma. El resultado es un relato sobre la memoria fragmentada, el silencio impuesto dentro de las familias y los cuerpos que guardan lo que la palabra no se atreve a nombrar, narrado con una voz que oscila entre la distancia clínica y la fragilidad de quien empieza, por fin, a mirar de frente su propio pasado.