En el Madrid gris y embarrado de finales del siglo XVI, un joven cardenal enviado por el Papa busca audiencia con Felipe II para dar el pésame por dos muertes de la familia real y, en el fondo, para negociar el creciente conflicto entre el…
Descargar
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.
En el Madrid gris y embarrado de finales del siglo XVI, un joven cardenal enviado por el Papa busca audiencia con Felipe II para dar el pésame por dos muertes de la familia real y, en el fondo, para negociar el creciente conflicto entre el Vaticano y la Corona española. La entrevista, tensa y cifrada en silencios, revela a un monarca frío, meticuloso y desconcertante, capaz de jugar con el idioma para eludir las exigencias de Roma. Tras el fracaso diplomático, el relato se desplaza a una antesala llena de aspirantes a maestro de lengua, donde aparece un joven poeta pobre, de ingenio vivo y origen incierto, cuya identidad apunta a una de las figuras literarias más determinantes de la lengua española.
La narración se abre con una comitiva eclesiástica cabalgando bajo la lluvia hacia una capital humilde y polvorienta que, pese a su pobreza aparente, gobierna medio mundo. Al frente va Julio Aquaviva, un cardenal de apenas veintidós años, enfermo y piadoso, enviado por el Papa para transmitir el pésame oficial por la muerte del príncipe heredero y de la reina. Tras semanas de espera y desaires protocolarios, consigue por fin una audiencia con el rey Felipe II, a quien encuentra sin la solemnidad de sus retratos: un hombre rubio, pálido, de gestos comedidos y silencios calculados. Lo que comienza como un intercambio de condolencias deriva enseguida en el verdadero motivo del viaje: las quejas de Roma sobre la autonomía de la Iglesia española, los impuestos al clero, el escándalo de un arzobispo preso por la Inquisición y la amenaza velada de una ruptura religiosa. El rey escucha con cortesía impenetrable y, en un giro tan sutil como desconcertante, empieza a responder en un idioma que se le escapa al joven cardenal, dejando la misión diplomática suspendida en la ambigüedad. Derrotado y exhausto, Aquaviva decide que necesita aprender la lengua del país antes de intentarlo de nuevo, y convoca a una fila de aspirantes a maestro de castellano. Entre ellos se distingue un catedrático que insiste en recomendar a un discípulo suyo: un joven poeta pobre, autor de una glosa premiada y de una oda funeraria por la reina fallecida, presentado como pariente de un arzobispo. Cuando el muchacho por fin entra, desmiente con naturalidad y sin ambición aparente los honores que su maestro le atribuye, incluido el parentesco ilustre, dejando en el aire una identidad que el relato deja intuir sin nombrarla del todo. El fragmento combina el retrato íntimo de un poder religioso y político en fricción con una escena costumbrista y casi cómica de aspirantes hambrientos en una antesala, tejiendo alta política y literatura naciente en un mismo tapiz histórico.