En un mundo regido por las Leyes de la Mecánica, un ingeniero itinerante y su banda de autómatas de segunda mano recorren la Inglaterra nevada intentando vender criaturas mecanizadas a familias rotas por la pérdida, mientras el joven…
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En un mundo regido por las Leyes de la Mecánica, un ingeniero itinerante y su banda de autómatas de segunda mano recorren la Inglaterra nevada intentando vender criaturas mecanizadas a familias rotas por la pérdida, mientras el joven Christopher, único humano del grupo, se debate entre la lealtad a sus compañeros de chatarra y el rechazo hacia el negocio que los trata como mercancía.
La historia se abre con una escena de compraventa fallida: el ingeniero Absalom, creador de mecanizados con licencia, intenta colocar a Jack —un autómata con apariencia y personalidad de niño— en el hogar de un matrimonio que acaba de perder a su hijo. La negociación, cargada de sentimentalismo calculado y avaricia disfrazada de compasión, se derrumba en el instante en que Jack, siguiendo su propia esperanza de ser útil y querido, pronuncia una sola palabra que resulta insoportable para el padre en duelo. El fracaso desnuda la tensión moral que atraviesa todo el relato: hasta qué punto es legítimo fabricar vida artificial para llenar vacíos humanos, y qué precio pagan esas criaturas por existir en los márgenes de la legalidad y del afecto.
De vuelta en el desguace que Absalom llama taller, el relato despliega el resto de su curiosa familia de creaciones: Rob Redondo, de cuerpo redondeado y cabeza propensa a desprenderse; Manda, con extremidades desiguales que Christopher lleva tiempo reclamando reparar; y Tenazas, el mecanizado más antiguo y de proporciones deliberadamente exageradas para eludir la prohibición legal de animizar figuras con dimensiones humanas adultas. A ellos se suma Estelle, una joven artesana independiente que provee la «piel» sintética a cambio de un salario que Absalom regatea sistemáticamente. Entre remaches, engrasado de articulaciones y bromas sobre modelos de gama alta —la mítica Ellie Lockwood, la mecanizada más famosa del país—, el grupo funciona como una familia improvisada, unida por el humor y la costumbre pese a la naturaleza mercantil del vínculo que los sostiene.
En el corazón de la novela está Christopher, el único miembro humano de la casa, huérfano cuyo pasado —una madre de pelo dorado, un padre tallador de madera, un incendio que lo dejó solo— se ha desgastado hasta convertirse en fragmentos que él mismo debe completar con invención cada vez que sus compañeros le piden que revivan esos recuerdos como si fueran cuentos para dormir. Su deseo de proteger a Jack y a los demás de la codicia de Absalom choca con la cruda realidad económica del desguace, y con el anhelo, expresado abiertamente por Jack, de ser «real»: de tener piel de verdad, una familia propia, un cuerpo que crezca. La obra combina el registro de fábula navideña —nieve, villancicos, la promesa de una venta bajo el árbol— con una reflexión más oscura sobre la fabricación de conciencia, la explotación disfrazada de artesanía y la frontera difusa entre ser fabricado y ser amado.