Zagreb, verano de 1991. Ana Jurić tiene diez años, juega al fútbol en la plaza mayor y hace recados en bicicleta por un barrio que aún parece intacto; hasta que una pregunta en el quiosco —¿cigarrillos serbios o croatas?— revela que la…
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Zagreb, verano de 1991. Ana Jurić tiene diez años, juega al fútbol en la plaza mayor y hace recados en bicicleta por un barrio que aún parece intacto; hasta que una pregunta en el quiosco —¿cigarrillos serbios o croatas?— revela que la ciudad ya se ha partido en dos. Chica en guerra, de Sara Nović, sigue a esa niña desde la infancia que la guerra interrumpe hasta el regreso a Croacia una década más tarde, cuando, convertida en una joven que vive en Estados Unidos, decide volver para saber qué fue de los suyos y, sobre todo, de la parte de sí misma que quedó allí.
Hay novelas que empiezan por un estruendo y otras que empiezan por un detalle mínimo. Esta empieza por un paquete de tabaco. Ana Jurić acaba de cumplir diez años en un Zagreb aplastado por el calor, con las carreteras al mar cortadas y las vacaciones familiares canceladas por primera vez que ella recuerde. Corre a la tienda a comprar cigarrillos para su padrino —un juego de siempre, contra el cronómetro, con las monedas del cambio como premio— y vuelve con las manos vacías: el dependiente ha querido saber si los quiere serbios o croatas. La niña no entiende la pregunta. Los adultos, en cambio, se miran en silencio. Ese silencio es el verdadero comienzo de la guerra.
A partir de ahí, la vida cotidiana se va desfigurando a la velocidad a la que una infancia puede registrarla: las estanterías que se vacían, un compañero de clase que falta el primer día de curso, la maestra que dibuja con tiza el mapa de los refugios y enumera lo imprescindible —radio, agua, linterna, pilas—, las cruces de cinta de embalar en los cristales, el sótano con los trasteros de madera como único refugio posible, la primera sirena sorprendiéndola en la calle junto a Luka, su mejor amigo. Los niños convierten el horror en juego y en moneda de cambio: en el descampado compiten por contar la historia más atroz oída de segunda o tercera mano. Los adultos aprenden a leer los colores de un mapa de periódico, azules y rojos, y a mirar con desconfianza las barbas de dos días.
Luego llega el hecho que parte la novela en dos y del que conviene no adelantar nada. Diez años después, hacia 2001, Ana vive en Estados Unidos y decide volver. El libro alterna así la voz de la niña que no sabe lo que está viendo con la de la joven que sabe demasiado y aun así no logra nombrarlo: un viaje de ida y vuelta en el que averiguar el destino de las personas que sostuvieron su mundo feliz es, en el fondo, un modo de averiguar qué quedó de ella misma cuando la guerra le puso encima una responsabilidad que ninguna niña debería cargar.
Escrita como una crónica personal, con una voz de acero templado y una economía de recursos que hace más devastadora cada escena, la novela de Sara Nović incorpora testimonios reales de una generación que creció bajo los bombardeos y los transforma en literatura sin subrayados ni consuelos fáciles. La memoria —esquiva, obstinada, capaz de aparecer cuando ya nadie la espera— funciona aquí como el auténtico motor narrativo.
La edición se abre con el prólogo de Adolfo García Ortega, «Notas sobre el camino equivocado», que se niega deliberadamente a resumir la trama y prefiere ofrecer al lector el mapa histórico que la novela da por sabido: el desmembramiento de Yugoslavia, la guerra de Croacia entre 1991 y 1995, el papel del JNA y de las milicias, los fantasmas de ustachas y chetniks reactivados medio siglo después, y la retórica de la «purificación» que convierte al vecino en enemigo. De esa lectura cruzada —relato íntimo y contexto histórico— sale la advertencia que da título al prólogo: lo fácil que resulta equivocar el camino cuando el odio llama a la puerta y consigue que esa puerta se convierta en frontera.
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