En una Atenas de futuro cercano donde una sola red social decide quién existe, la ciborg Eudora ve su carrera de influenciadora reducida a catorce seguidores verificados.
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En una Atenas de futuro cercano donde una sola red social decide quién existe, la ciborg Eudora ve su carrera de influenciadora reducida a catorce seguidores verificados. Cuando una clínica corporativa le ofrece una prótesis sexual conectada a sus terminaciones nerviosas —capaz de retransmitir sensaciones a quien la siga— acepta el trato y con él una deuda que solo podrá pagar robándole audiencia a alguien más. Novela erótica ciberpunk para lectores adultos, publicada como serie por entregas.
Eudora vive sola en Atenas, ronda los treinta y tantos y sobrevive —apenas— del oficio más precario de su época: ser mirada. En Agora, la red que se tragó a todas las demás, los seguidores fantasma fueron depurados y cada cuenta corresponde a una persona real, así que el número que aparece junto a su nombre no admite consuelo. Son catorce. Llegó a tener dos mil, cuando su cuerpo aumentado tras un accidente todavía resultaba novedoso y ella lo exhibía sin disimulo, con placas negras y filos azules, como quien convierte una cicatriz en firma. La novedad se agotó. La casera no.
La serie construye su mundo con una economía casi doméstica: el frappé de la mañana en casa de Verónica, la vecina luminosa que trabaja en un portal de belleza y que se ofreció a ayudarla convirtiendo la amistad en contenido; el dron de autoenfoque que zumba alrededor y transmite todo en bruto, editado por una IA; los mensajes de marcas que piden promoción y evitan mencionar el pago. Saoulidis usa ese registro cotidiano para señalar lo que le interesa: en este futuro los seguidores no son vanidad, son divisa. Se ganan, se pierden, se cambian por bienes, y una operación quirúrgica puede facturarse en unidades de audiencia mensual.
El giro llega en la Clínica Futagen, filial de una corporación cosmética, donde un vendedor de sonrisa impecable le explica que su cuerpo ya está preparado para el implante y que el producto no solo se siente: se emite. Los suscriptores pueden pagar por recibir lo que ella recibe. Eudora firma, entrega la mitad de lo poco que le queda y descubre esa misma noche que el truco funciona. El recuento sube. Y con la primera cifra en verde en mucho tiempo aparece el plan: viajar a Santorini y arrebatarle sus trescientos seguidores a Mari, una influenciadora de coches deportivos y hoteles de lujo.
Advertencia para el lector: se trata de erótica explícita para adultos, con escenas sexuales frecuentes y detalladas entre mujeres, e incorporación del imaginario futanari mediante prótesis tecnológica. El tono es directo y sin eufemismos, pero la novela no se agota en el sexo. Debajo late una sátira precisa del trabajo de creador de contenido: la culpa de mentirle a la amiga que se desnuda gratis para ayudarte, el consentimiento firmado con el pulgar y sin leer, el cuerpo tratado como inversión de capital, la intimidad convertida en el único activo que aún cotiza. Eudora es cínica por desgaste más que por carácter, y esa mezcla de humor seco, precariedad económica y deseo sin culpa sostiene el conjunto.
El volumen reúne diez entregas de la serie Chicas Cibernéticas, con cortes de libro marcados dentro del texto, lo que le da un pulso episódico: cada tramo cierra con una decisión que empuja al siguiente. Interesará a quienes busquen ciberpunk erótico de escala pequeña y humana —sin megacorporaciones derrocadas ni hackers salvando el mundo—, ambientado en una Grecia reconocible de ferris al Egeo, bougatsa recién horneada y tabernas reseñadas por influencers de la vieja escuela.