Un narrador evoca, en primera persona, su infancia en un barrio popular de Milán entre 1940 y 1941, en los meses que van del fin de las clases y los juegos callejeros hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial y los primeros…
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Un narrador evoca, en primera persona, su infancia en un barrio popular de Milán entre 1940 y 1941, en los meses que van del fin de las clases y los juegos callejeros hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial y los primeros bombardeos sobre la ciudad. A través de escenas domésticas, escolares y de las colonias de verano, la narración sigue el tránsito de una niñez despreocupada hacia la irrupción brusca de la violencia histórica.
La obra se construye como un mosaico de recuerdos de infancia narrados desde la mirada de un niño que vive con su familia —padre obrero y humilde, madre atenta a la economía doméstica, un hermano mayor— en un barrio modesto de Milán durante los últimos años previos y los primeros meses de la Segunda Guerra Mundial. Los primeros capítulos retratan el ritmo cotidiano de la preguerra: las tardes de escuela con las persianas entornadas por el calor, los juegos callejeros con la pandilla del barrio (la pelota, el aro, los patines caseros, las peleas con espadas de saúco inspiradas en el cine), los primeros enamoramientos infantiles —Gabriella, Sarina, más tarde Desy en el pueblo de la abuela— y los rituales del fascismo escolar, como el desfile de balillas por el aniversario del Piave. El tono es de una ingenuidad vivida con intensidad casi solemne, donde cada gesto adolescente (una reverencia, una fotografía, un envoltorio de galletas con una declaración) adquiere el peso de un acontecimiento capital. Progresivamente, sin embargo, la guerra se filtra en ese mundo: la preparación de refugios antiaéreos, el vaciado de los sótanos y desvanes, la partida de compañeros de juego hacia el campo, el llamado a filas de un vecino legionario que se marcha sin despedirse. El anuncio de la entrada en guerra, escuchado por casualidad durante un juego de niños, y la primera alarma antiaérea nocturna —vivida al principio casi como una novedad emocionante, con las familias reunidas en la calle bajo la luna— marcan el punto de inflexión. El relato se traslada después a la casa de la abuela en el campo, donde el niño descubre los primeros escarceos con las chicas del pueblo, las fiestas dominicales y una vida rural que aún parece ajena al conflicto, y luego a una colonia de verano junto a un lago, donde por primera vez el narrador toma conciencia del paso del tiempo y del final de su infancia. El regreso a Milán en otoño trae consigo las cartillas de racionamiento, el miedo a ser señalado como acaparador y, finalmente, el bombardeo real de la ciudad: una escena de estruendo, humo y desconcierto que cierra el fragmento y sella el paso definitivo de la inocencia infantil a la conciencia de la guerra. A lo largo del texto, la voz narrativa combina la mirada limpia y algo desconcertada del niño con una perspectiva adulta que, de tanto en tanto, ilumina retrospectivamente el sentido de ciertos gestos —la humildad del padre, el silencio ante la pregunta «¿por qué pobres de nosotros?», la letra de una canción de despedida en la colonia—, construyendo así un relato de formación en el que la historia colectiva se filtra, casi sin anunciarse, en los pliegues de la vida cotidiana.
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