En Castro, isla de Chiloé, un cargamento clandestino llega de madrugada al subterráneo de un casino y deja dos cadáveres flotando entre los palafitos.
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En Castro, isla de Chiloé, un cargamento clandestino llega de madrugada al subterráneo de un casino y deja dos cadáveres flotando entre los palafitos. Seis meses después, un interrogatorio militar reconstruye lo que ocurrió aquella mañana de marzo, cuando una charla de bienvenida para profesores rurales se convirtió en una matanza. Novela de horror contemporáneo, ácida y muy chilena, sobre un contagio que nadie quiso ver venir.
Son las 4:32 de la madrugada del último día de febrero y un camión aljibe rueda por la ruta 5 Sur con un cargamento que su chofer prefiere no mirar. Nicolás transporta desechos por oficio y deudas por costumbre; le han ofrecido tanto dinero por este viaje que ya se imagina otra vida, aunque en el fondo sabe exactamente en qué la gastará. En el estacionamiento del casino de Castro lo esperan dos hombres altos, armados y sin apuro. La entrega dura lo que dura una manguera atornillada a una válvula empotrada en el muro. Después no queda nadie que pueda contarlo: ni el conductor, ni Víctor, el hombre que dormía entre los pilares y que aprendió a esquivar las cámaras pero no las balas. Los cuerpos terminan en la marea baja, bajo los palafitos de la punta de diamante. A media mañana, los trabajadores de una bencinera ven a alguien salir del agua y caminar hacia ellos.
Seis meses más tarde, en una sala con vidrio doble y una grabadora sobre la mesa, un general, un agente y un joven esposado a su silla escuchan la declaración de Emilio Fuentealba, veintinueve años, profesor de inglés itinerante. Su relato empieza en el lugar más inofensivo posible: la mañana del 1 de marzo, el despertador, una esposa embarazada que se niega a levantarse, un vecino con perro insoportable, el trayecto cuesta abajo hasta los palafitos de Gamboa para pasar a buscar a Rayén, su colega y amiga. Ese día tocaba la charla motivacional de inicio del año escolar, ese ritual anual de discursos vacíos, diagnósticos imposibles de implementar y un cóctel que sirve de disculpa. Había un colega nuevo que conocer, un embarazo que anunciar, un romance que confesar. Nada más.
La charla se celebra en el segundo subsuelo del casino, en un salón elegante al que se baja por escaleras en espiral decoradas con afiches y pinturas. A mediodía, mientras una expositora pide que abran las puertas porque el aire está encerrado y varios asistentes tosen, el dirigente del Colegio de Profesores se pone de pie, grita en una lengua que nadie reconoce y se lanza sobre el director de una escuela rural. Lo que sigue ocurre demasiado rápido para entenderlo y demasiado lento para huir: la sangre, el vómito, las puertas que se cierran por una falla que nadie alcanzó a reparar, la histeria, el apagón. Y, un instante antes de la oscuridad, la certeza imposible de que los muertos abrieron los ojos.
Atrapados con quienes hasta hace minutos eran sus compañeros de trabajo, Emilio y Rayén se refugian junto a un mozo en un cuarto de mantención donde el calor sube, el silencio afuera resulta peor que los gritos y alguien golpea la puerta pidiendo que le abran. La decisión de abrir o no abrir es la primera de muchas que tendrán que tomar sin saber qué queda del otro lado.
La novela alterna dos temperaturas: la del testimonio en primera persona, coloquial, humorístico y profundamente reconocible en su retrato de la docencia rural chilena, sus precariedades y sus afectos; y la de una trama fría, procedimental, donde hombres sin nombre repiten la consigna de no dejar cabos sueltos. Ambientada en un Chiloé que no es postal sino territorio real —el mall que reemplazó a la catedral, el barro del invierno, el miedo compartido a marzo—, avanza sobre una idea inquietante enunciada desde el epígrafe: quizá no haya conspiración alguna, y esa sea justamente la peor noticia. Un relato de contagio y encierro que empieza con un camión de mierda y termina preguntando quién decide qué se sabe y qué se entierra.