En una ciudad partida por la guerra civil, un niño se convence de que la fuerza de su padre —un planchador de tintorería al que los milicianos golpean a diario— depende de un solo objeto: un ojo de cristal.
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En una ciudad partida por la guerra civil, un niño se convence de que la fuerza de su padre —un planchador de tintorería al que los milicianos golpean a diario— depende de un solo objeto: un ojo de cristal. Narrada con la lógica implacable de la infancia, esta novela breve sigue el empeño cada vez más desesperado de un hijo por fabricarle a su padre el miedo que los demás le tienen, y el precio que toda la familia paga por esa fantasía.
Todo empieza con una planta de pimiento. El padre del narrador, planchador y dueño de una pequeña tintorería, aparece un día en casa con un esqueje y le encarga al hijo que lo cuide: hay que frotar los brotes con algodón, acercarles el calor de una vela, hablarles. El niño no entiende el regalo, pero sí decide lo que significa: en cada brote vive el alma de alguien de la familia. Mientras los milicianos combaten calle abajo y la madre y el hermano gemelo, sordo de nacimiento, se tiran al suelo del pasillo, él permanece de pie junto al teléfono —el punto más expuesto de la casa— alumbrando la planta, seguro de que así ninguno de ellos morirá.
Esa certeza se quiebra el día en que arranca uno de los brotes por venganza y, poco después, descubre que a su padre lo golpean en plena calle sin que levante la mano. En la escuela, donde los chicos compiten por demostrar quién recibe las peores palizas en casa, el narrador pasa a ser el hijo del «Saltamontes»: el que huye y nunca ataca. La humillación lo empuja primero a quemarse los brazos con cigarrillos para inventar castigos que nunca ocurrieron, y después a una idea fija que lo organizará todo. Un vendedor de leche con salep, callado, tuerto, al que ningún miliciano ha tocado jamás, le entrega sin saberlo la clave: lo que protege a un hombre es la cuenca vacía. Su padre necesita un ojo de cristal.
A partir de ahí, la novela avanza como una sucesión de negocios infantiles con consecuencias adultas. El niño roba una caja de cartón para que lo interroguen y así ganarse el respeto de los hombres armados; ofrece en venta a su hermano gemelo, convencido de que un sordo con dos corazones es mercancía valiosa; rompe la hucha para contratar, a tanto la hora, a uno de los «Hipopótamos», la cuadrilla de hermanos altos y aseados que resuelven encargos imposibles. Cada operación se salda con una lección que él interpreta al revés, y cada malentendido lo acerca un poco más a destruir aquello que quería salvar.
Entre transacción y transacción, la guerra hace su trabajo sin dramatismo: un obús, un autocar escolar, un terreno baldío a las afueras. La madre deja de comer; el padre vuelve del trabajo con marcas de suelas en la ropa y se sienta en el borde de la bañera hasta que se le cae la baba, sin llorar nunca. Padre e hijo empiezan entonces a pasar juntos las tardes componiendo chistes: los milicianos exigen uno cada día antes de dejarlo marchar, y si se equivoca en un detalle, lo abofetean. Es la forma de intimidad más honda que llegan a tener, y también la más humillante.
El mayor logro del libro está en la voz. El narrador cuenta atrocidades con el mismo tono con que describe sus coches Matchbox, y esa naturalidad —los cadáveres en televisión como los anuncios de queso importado, los cuerpos mutilados como parte del paisaje— hace visible lo que una crónica no alcanzaría. La crueldad del niño no es maldad: es la única gramática disponible en un lugar donde solo cuenta la fuerza, y donde amar a alguien débil resulta insoportable. El humor es constante y nunca alivia; la ternura aparece siempre un segundo tarde, cuando ya no sirve.
Relato de iniciación, retrato de una masculinidad heredada como una deuda y elegía por un padre que se niega a ser temible, esta novela reconstruye una guerra desde la altura exacta de un chico que solo quiere que su padre dé miedo, y que no descubrirá hasta demasiado tarde que la cobardía que despreciaba era otro nombre de la supervivencia.