Un manual práctico y cercano sobre Chromecast, escrito por Carles Caño Valls tras año y medio de uso intensivo, que enseña a convertir cualquier televisor con entrada HDMI en una pantalla conectada: desde la configuración inicial hasta ver…
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Un manual práctico y cercano sobre Chromecast, escrito por Carles Caño Valls tras año y medio de uso intensivo, que enseña a convertir cualquier televisor con entrada HDMI en una pantalla conectada: desde la configuración inicial hasta ver series, películas, fotos, música, podcasts y presentaciones enviándolos desde el móvil, la tableta o el ordenador.
Hubo un tiempo de dos canales y carta de ajuste; después llegaron decenas de emisoras que multiplicaron la cantidad sin resolver el problema de fondo: seguir esperando un día y una hora concretos, y tragar publicidad por el camino. De esa constatación parte este libro, que propone un cambio de hábito sencillo y barato: en lugar de “poner la tele”, poner el Chromecast.
El autor, profesor de informática y padre de dos hijos pequeños, cuenta primero su propia historia con el dispositivo —el flechazo en julio de 2013, la espera hasta que un amigo se lo trajo de Estados Unidos, el apuro del adaptador de enchufe americano la noche de la instalación— y a partir de ahí desgrana por qué este pequeño aparato destaca entre las alternativas: el respaldo de Google, su simplicidad, un precio contenido, la compatibilidad con Android, iOS, Windows Phone y los sistemas de escritorio, y sobre todo la apertura a desarrolladores a través del Google Cast SDK, el aspecto que más pasa desapercibido y el que, en opinión del autor, multiplica su potencial.
El grueso de la obra es una guía ordenada por capítulos temáticos. Explica cómo configurar el aparato y qué hace falta para empezar; cómo ver series, películas, vídeos de YouTube y contenidos en streaming; cómo mostrar fotos y vídeos guardados en el móvil, el ordenador, un servidor local o la nube; cómo duplicar la pantalla de dispositivos Android y de escritorio; cómo escuchar música, radio y podcasts; y cómo enviar presentaciones, documentos y páginas web a un televisor o un proyector. Un capítulo final reúne usos menos evidentes: paneles informativos para un negocio, sesiones de gimnasio en el comedor, karaoke, chimenea virtual, obras de arte en pantalla, juegos con el teléfono como mando o los apaños necesarios para usarlo en hoteles y en lugares sin Wi-Fi.
Entre las instrucciones aparecen catorce perfiles de usuario que ilustran para quién resulta útil —quienes odian los cables, quienes no quieren gastar en una SmartTV, aficionados al cine y las series, melómanos, docentes, comerciantes, viajeros frecuentes, padres, o quienes acumulan vídeos largos en la lista de “ver más tarde”— y una reflexión recurrente sobre el nuevo papel de la pantalla del salón, que deja de encenderse solo para ver programas y empieza a mostrar calendarios, relojes, notificaciones o fotografías. El tono es conversacional, salpicado de anécdotas domésticas y ejemplos concretos, con la advertencia honesta de que aplicaciones e interfaces cambian con el tiempo. Edición de abril de 2015.