Coalwood, Virginia Occidental, existe por una sola razón: el carbón que duerme bajo sus montañas. Allí crece Sonny Hickam, hijo del superintendente de la mina, entre el estruendo de las locomotoras, la carbonilla que se cuela bajo las…
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Coalwood, Virginia Occidental, existe por una sola razón: el carbón que duerme bajo sus montañas. Allí crece Sonny Hickam, hijo del superintendente de la mina, entre el estruendo de las locomotoras, la carbonilla que se cuela bajo las puertas y una casa donde sus padres sostienen una disputa callada sobre qué será de sus hijos. La noche del 5 de octubre de 1957, un pitido ruso emitido desde la órbita terrestre parte su vida en dos y le señala una dirección que nadie en el pueblo había considerado: hacia arriba. Relato en primera persona sobre la educación como única herencia posible.
Hay pueblos que son también una empresa, y Coalwood es uno de ellos. Fundado a finales del siglo XIX por un hombre que llegó a lomos de un mulo y encontró uno de los mejores filones de carbón bituminoso del mundo, el lugar creció con casas de la compañía, iglesia de la compañía, médico de la compañía y un almacén que todos llamaban el Big Store. En 1957 viven allí cerca de dos mil personas, y el ritmo de sus días no lo marca el reloj sino los cambios de turno: el tintineo de las escudillas al amanecer, las filas de mineros que se cruzan en los cruces, el siseo del soplete durante el turno de noche.
El narrador tiene catorce años y un nombre heredado que no eligió. Su padre dirige la mina y vive prácticamente dentro de ella; su madre pinta en la pared de la cocina una playa que nunca termina, sentada frente a una ventana que los carpinteros instalaron en un ángulo calculado para no ver el volcadero. Entre ambos se libra un pulso sin gritos —aunque a veces con ellos— sobre el destino de sus dos hijos: si la mina será su herencia o su fuga. El hermano mayor, estrella de fútbol y el chico mejor vestido del instituto, resuelve la convivencia a puñetazos; los amigos del valle, Roy Lee, O’Dell, Sherman y Tony, resuelven el aburrimiento inventando tribus indias y tendiendo emboscadas a mineros que se dejan matar por seguirles la broma.
La primera mitad del relato es un ejercicio de memoria minuciosa: la punta de flecha en el tocón de un roble, los peniques aplastados sobre el raíl que se cambiaban por caramelos, el abuelo que perdió las piernas bajo una vagoneta y se refugió en los libros de la biblioteca del condado hasta que el dolor le exigió otra cosa, el reverendo de Mudhole contando la historia de Daniel desde su porche, las seis maestras de primaria que gobernaban los cursos inferiores y recetaban lecturas como quien receta medicinas. De ellas viene la costumbre de leer siempre dos libros a la vez: uno para las profesoras y otro para uno mismo, casi siempre de Verne o de ciencia ficción, y con una preferencia declarada por los héroes que vencen sabiendo más que su adversario, no haciendo magia.
El eje del libro llega con un sonido. Una mañana de sábado, la radio local sustituye las dedicatorias de rock and roll por un bip constante retransmitido desde el espacio, y en el condado empieza a circular una mezcla de asombro, envidia y miedo. El chico que había leído las revistas técnicas de su padre entiende de inmediato qué es aquello, y también entiende algo más incómodo: unos adolescentes de otro país han llegado antes. De esa envidia nace el impulso de construir cohetes en un pueblo que solo sabe excavar hacia abajo.
Lo que sigue es a la vez una educación técnica y una educación sentimental, contada por un adulto que recuerda sin idealizar. El texto retrata una comunidad ordenada por la compañía y protegida durante un tiempo de la violencia sindical que asolaba los condados vecinos, pero también sus jerarquías, sus campamentos segregados y su fragilidad: cualquier familia que quisiera quedarse necesitaba un padre que bajara al pozo. Frente a eso se levanta la idea que preside todo el relato, enunciada en sus primeras páginas: lo único que no puede quitarse a nadie es lo que lleva en la cabeza.
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