En una Habana calurosa y clandestina, la narradora que se llama a sí misma Zeta relata, con ironía y distancia, los años que pasó junto a Moisés, un hombre marcado por la paranoia, la ira y el maltrato, mientras su mejor amiga, la…
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En una Habana calurosa y clandestina, la narradora que se llama a sí misma Zeta relata, con ironía y distancia, los años que pasó junto a Moisés, un hombre marcado por la paranoia, la ira y el maltrato, mientras su mejor amiga, la escritora de novela negra Linda Roth, insiste en que le haga pagar por ello. Ganadora del Premio Jaén de Novela 2002, esta obra de Ena Lucía Portela mezcla humor negro, prosa exuberante y una mirada lúcida sobre la violencia doméstica, la autoengaño y la extraña lealtad que a veces sostiene el amor.
Cien botellas en una pared se cuenta desde la voz de Zeta, una mujer que vive en un apartamento sobre un bar clandestino de La Habana y que decide, con un tono entre resignado y sarcástico, poner por escrito los años de su relación con Moisés: un hombre mayor que ella, antiguo juez, convencido de que un enjambre de enemigos invisibles conspira para engañarlo. Esa convicción lo empuja a estallidos de violencia que Zeta describe sin autocompasión, alternando la crónica del maltrato con reflexiones sobre el deseo, la costumbre y las razones —nunca del todo claras ni para ella misma— por las que permanece a su lado. La casa se mantiene a oscuras, las cortinas cerradas contra la luz que Moisés no soporta, como metáfora de un vínculo cerrado sobre sí mismo. Alrededor de esa relación asfixiante se mueve Linda, amiga íntima de Zeta y autora de novelas policiacas exitosas, que observa el maltrato desde fuera con una indignación que se vuelve casi vengativa: fantasea con castigos ejemplares para Moisés y presiona a Zeta para que rompa el silencio. El contraste entre la pasividad narrativa de Zeta y la vehemencia de Linda organiza buena parte de la tensión del libro, que avanza por escenas domésticas, estallidos verbales, treguas y reconciliaciones, todo narrado con un lenguaje barroco, callejero y cargado de referencias cultas que la propia voz narradora ironiza. La cancioncilla infantil que da título a la novela —cien botellas que van cayendo una a una de una pared— funciona como estribillo y como conjuro personal de Zeta frente al miedo, una manera de contar el tiempo y de creer, contra toda evidencia, que si llega a cero no ocurrirá ninguna desgracia. Hacia el final, un anuncio de vida por venir cambia el tono de la memoria que Zeta ha estado construyendo, sin que la novela renuncie a su distancia irónica ni a la ambigüedad con que retrata el deseo, la dependencia y la culpa. Más que una denuncia unívoca, el libro construye un relato incómodo y vivo sobre cómo se sostienen los vínculos violentos, y sobre la distancia entre lo que se sufre, lo que se cuenta y lo que otros deciden hacer con esa historia.
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