Lucio Battistini tiene cuarenta años, mide metro noventa, pesa ciento diez kilos y da clases de aquagym en un gimnasio de sótano en Roma. Un domingo de julio recibe un diagnóstico que le pone fecha a todo: le quedan unos cien días.
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Lucio Battistini tiene cuarenta años, mide metro noventa, pesa ciento diez kilos y da clases de aquagym en un gimnasio de sótano en Roma. Un domingo de julio recibe un diagnóstico que le pone fecha a todo: le quedan unos cien días. Desde el otro lado del final, y con un humor que nunca pide compasión, cuenta cómo empleó ese plazo en reparar un matrimonio que él mismo rompió, en mirar por primera vez de verdad a sus dos hijos y en convertir una cuenta atrás en la temporada más feliz de su vida.
Hay narradores que empiezan por el principio. Lucio Battistini empieza por el final: avisa en las primeras páginas de que murió a las 13.27 de un domingo tropical de julio de 2013, una semana después de cumplir cuarenta años, y de que el culpable tiene un nombre corto y sin gracia que él prefiere sustituir por otro, más doméstico y menos temible: «el amigo Fritz». Lo que queda del libro no es, por tanto, una intriga sobre si sobrevivirá, sino el inventario minucioso de los cien días que median entre el diagnóstico y esa hora exacta.
Antes de la cuenta atrás, el narrador se toma su tiempo para presentar el escenario. Nació de un accidente doble —un preservativo roto y un Fiat 500 conducido por dos veinteañeros borrachos— y creció como el niño gordo y miope con apellido de cantautor famoso, blanco fácil de las burlas de los años setenta. A los catorce adelgazó, a los diecisiete tocó de refilón la gloria del waterpolo, a los veintiséis una caída en Vespa le devolvió los kilos y el anonimato. Ahora enseña natación y glúteos en un gimnasio que huele a cloro y al restaurante vietnamita de al lado, y entrena por gusto a un equipo juvenil que pierde casi siempre. Su vida cabe en un piso de tres habitaciones y en un puñado de personas: Paola, la profesora que cada curso interpreta a una maestra distinta para no aburrirse de sí misma; Lorenzo, que toca el piano de oído y desmonta electrodomésticos que funcionan; Eva, ecologista de seis años que saluda diciendo «Miau»; Oscar, el suegro pastelero convertido en filósofo de mostrador; Umberto y Corrado, los amigos que sobreviven a todas las etapas.
La novela se sostiene sobre una tensión sencilla y áspera: Lucio no llega a la enfermedad como un hombre en paz. Meses antes ha sido infiel, ha perdido la confianza de Paola y arrastra la sospecha de haber sido, en el mejor de los casos, un padre distraído. El plazo de cien días no le concede heroísmo ni sabiduría instantánea; le concede urgencia. Cada capítulo lleva por título un número que decrece, y en ese descuento caben la culpa, la reconciliación pendiente, el cuerpo que se estropea, las promesas que aún pueden cumplirse y las que ya no.
Brizzi, cineasta antes que novelista, escribe con oficio de comedia: la voz de Lucio se dispersa en digresiones sobre quién inventó las lentes de contacto, la fotografía o el donut agujereado, y usa esos rodeos como quien cambia de tema para no llorar delante de nadie. Roma aparece de fondo con sus piscinas municipales, su Trastevere de madrugada y una pastelería que abre la persiana a medias a las dos de la mañana. Y en el centro, una idea que el propio narrador formula sin adornos: lo único que lamenta es haber tenido que descubrir que iba a morir para empezar a vivir.
«Cien días de felicidad» es una novela sobre la muerte escrita en clave de vida cotidiana, sin épica, sin lección final y sin apenas mármol conmemorativo. Su protagonista no aspira a una placa en un edificio: le basta con haber estado en la fiesta, aunque fuera en un rincón.
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