Publicada originalmente en 1982, «Cima y castigo» es una novela corta de Pierre Charmoz que cruza el relato de alta montaña con la novela erótica y la intriga criminal.
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Publicada originalmente en 1982, «Cima y castigo» es una novela corta de Pierre Charmoz que cruza el relato de alta montaña con la novela erótica y la intriga criminal. Cuando un turista se lanza al vacío desde la plataforma del teleférico de la aguja del Midi, un escalador solitario conoce allí mismo a la hija del hombre que acaba de morir y queda arrastrado a una investigación que mezcla oro de contrabando, refugios alpinos y material de escalada sospechoso. El resultado es un pastiche deliberado: humor, parodia del mundillo alpino y erotismo explícito en la misma cuerda.
Una tarde de 15 de agosto, en la plataforma de llegada del teleférico de la aguja del Midi, un hombre con gorro de recuerdo y botas de paseo salta la barandilla ante docenas de turistas. Entre ellos está el narrador, Pierre Charmoz, escalador de reputación algo esquiva que había subido a estudiar la cara sur para abrir una vía nueva. A su lado, una joven desconocida le busca la mano. Se llama Carole, es bellísima, y horas más tarde le confesará dos cosas: que el muerto era su padre y que tiene miedo.
El padre era Antoine de Colombin, montañero notable y director de un laboratorio de electrónica que aprovechaba sus viajes a Suiza para mover oro y divisas, con escondrijos repartidos a un lado y otro de la frontera del Mont Blanc. Tras un viaje a los Andes peruanos volvió cambiado, se ausentó cada vez más y empezó a ser seguido por unas siluetas hostiles que también aparecen ahora alrededor de Carole. La cita del 15 de agosto era suya: quería contarle algo. En su lugar, cayó al vacío. Cuando el equipo de rescate llega al lugar, el cuerpo ha desaparecido; días después lo encuentran en una grieta al pie de la aguja.
A partir de ahí, la investigación avanza a golpe de indicios de aficionado: un armario lleno de cuerdas, piolets y mosquetones de titanio traídos del Cáucaso; un puñado de clavos absurdamente corroídos forjados por el propio Colombin, uno de ellos hallado en el bolsillo del muerto; un cuaderno de escaladas interrumpido de golpe el 28 de julio, con servilletas de refugio guardadas entre las últimas páginas. El chismorreo de un guía amigo en un café de Chamonix confirma la pista: Colombin recorría esos refugios sin dejar constancia. Carole, alpinista de renombre por derecho propio, y su amiga Catherine d’Hivervel deciden subir a comprobarlo. La ruta hacia el refugio del Couvercle, con la policía por detrás y los perseguidores por delante, abre la segunda mitad del libro.
El atractivo de la novela está menos en la trama que en el tono. Charmoz escribe una parodia doble: del relato heroico de montaña —con sus escaladores condecorados, sus guías fotogénicos, sus muletas alineadas en la terraza del café— y de la propia novela erótica de quiosco, cuyas convenciones estira hasta el chiste. El lenguaje técnico del alpinismo invade sistemáticamente el sexual, y viceversa, en lo que el autor llama sin disimulo sus «excesos metafóricos». Los personajes son tipos reconocibles llevados al límite: el escalador solitario vanidoso, la heredera insaciable, el inspector disfrazado de cromo de preguerra. El paisaje —los Drus, la aguja Verte, la Mer de Glace sembrada de basura— aparece descrito con precisión y con una indiferencia deliberada hacia el drama humano que ocurre a sus pies.
El volumen se abre con un prólogo del autor que explica su origen: el manuscrito inicial fue juzgado demasiado atípico por su editor, que le pidió un texto más ajustado al público de la colección. Así nació este libro, difundido fuera del circuito de librerías y convertido pronto en ejemplar imposible de encontrar. Esta edición revisada conserva el tono original y cambia el nombre de uno de los personajes. Conviene advertirlo: el texto contiene escenas sexuales explícitas y está destinado a lectores adultos.