En abril de 1969, un suboficial neozelandés del SAS es convocado a la base aérea de Bien Hoa para integrar un equipo internacional de operaciones especiales cuya misión permanece deliberadamente oculta.
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En abril de 1969, un suboficial neozelandés del SAS es convocado a la base aérea de Bien Hoa para integrar un equipo internacional de operaciones especiales cuya misión permanece deliberadamente oculta. Mientras oficiales estadounidenses y observadores de civil estudian el comportamiento del grupo recién formado, el narrador repasa su propio camino hasta la guerra —una infancia dura en una granja de Nueva Zelanda, el ingreso temprano a las fuerzas especiales, misiones de reconocimiento en la selva y las secuelas físicas y emocionales del combate prolongado— al tiempo que evalúa a cada uno de sus nuevos compañeros de armas.
La narración se abre con una escena de tensión contenida: en una sala de reuniones de la base de Bien Hoa, un coronel sin identificación reúne a siete hombres de procedencias muy distintas —un mayor de las fuerzas especiales estadounidenses, un teniente radiooperador coreano, un sargento curtido en combate, un médico, un cabo australiano, un sargento mayor del Servicio Aéreo Especial británico y el propio narrador, un suboficial neozelandés— para lo que se anuncia como una misión de máximo secreto. Antes de revelar un solo detalle operativo, la reunión se convierte en un examen: hombres de civil observan en silencio cómo interactúan los integrantes del grupo, mientras exposiciones sobre movimientos políticos en Hanói, Pekín y Washington sugieren que lo que se prepara excede el marco habitual de una incursión de reconocimiento.
Desde ese punto de partida, el relato se abre en dos direcciones que se entrelazan constantemente. Por un lado, el presente inmediato: el proceso de aislamiento y convivencia forzada mediante el cual los siete hombres deben aprender a confiar unos en otros antes de que se les confíe la naturaleza real de su objetivo, y las lecturas psicológicas —agudas, casi clínicas— que el narrador hace de cada compañero: la sensibilidad de un joven artificiero australiano que aún no se ha endurecido del todo ante la muerte, la disciplina tradicional y algo fuera de lugar de un observador británico sin experiencia reciente en la selva, las tensiones de rango y de temperamento que dividen al grupo en líderes naturales y ejecutores disciplinados.
Por otro lado, el relato retrocede para reconstruir la formación del propio narrador: una niñez agreste en las montañas de la Isla Norte, la fuga del hogar a los quince años, los trabajos itinerantes, las carreras de motocicletas, los años como piloto agrícola sin licencia y un episodio violento que termina por empujarlo hacia el ejército casi como alternativa a la cárcel. De ahí en más, la narración traza su ingreso al Servicio Aéreo Especial neozelandés, el adiestramiento en Malasia junto a gurjas y australianos, y años de misiones de reconocimiento especial en Vietnam —seguimiento de unidades enemigas, emboscadas selectivas a mandos separados de su tropa, largas semanas de sigilo absoluto en territorio hostil— así como el costo físico y nervioso de esa vida: enfermedades tropicales, la pérdida de compañeros, licencias de descanso en Japón marcadas por el mismo exceso y la misma dificultad para desconectarse de la guerra.
El regreso a Vietnam tras una de esas licencias, un informe político que expone las fracturas internas del liderazgo norvietnamita y las presiones cruzadas de la política exterior estadounidense, y finalmente la convocatoria a Bien Hoa cierran el círculo narrativo, dejando al lector, igual que a los propios protagonistas, a las puertas de una operación cuyo propósito último todavía no ha sido revelado.