Cinco idiotas, de Kiko Sánchez Salazar, reúne a cinco supuestos genios que han perdido a la vez su trabajo, su prestigio y la certeza de valer algo.
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Cinco idiotas, de Kiko Sánchez Salazar, reúne a cinco supuestos genios que han perdido a la vez su trabajo, su prestigio y la certeza de valer algo. La psicóloga Elisa Fernández los convoca a una terapia de grupo cuyos ejercicios consisten en mentir, fingir identidades y engañar a desconocidos. Lo que empieza como un juego terapéutico avanza hacia el casino y la bolsa, mientras se insinúa que la doctora persigue motivos propios.
En una sala cedida por el ayuntamiento, con un ventanal que da a una pista de atletismo y sin más mobiliario que seis sillas en círculo, un escritorio y un reloj de pared, la doctora Elisa Fernández espera a los pacientes de su primera sesión. Tiene veintisiete años, una capacidad casi incómoda para leer gestos, silencios y titubeos, y una impaciencia que no ha sabido corregir. Ha montado ese grupo con esfuerzo y expectativas desmedidas, y no piensa dejar que se le escape.
Los cinco convocados comparten un mismo diagnóstico y una misma humillación. Roberto, analista experto en encriptación de documentos, ha visto salir su vida por la ventana de su propia casa. Iván, ingeniero brillante en simulación de sistemas dinámicos, entiende cualquier cosa salvo cómo hablar con los demás. Toni, vendedor de artículos de lujo que nunca pisó una universidad, sabe negociar con quien sea y de pronto no tiene nada que vender. Rafael, policía retirado, descubre que sin placa ni uniforme no es distinto del resto. Gregorio completa el grupo con la ansiedad a flor de piel. A todos les unió el talento y a todos les hundió perderlo: cada uno había hecho de su habilidad no un oficio, sino una identidad.
La terapia que Elisa propone no se parece a ninguna. Tras las primeras sesiones de confidencias —los relatos que van soldando al grupo y el difícil turno de Iván, el último en abrirse—, la doctora plantea ejercicios que deben ejecutarse fuera de la sala: hacerse pasar por quien no son, sostener una mentira ante público hostil, preparar un engaño con todos sus detalles. La primera prueba se libra en una universidad, donde un falso profesor de derecho desmonta un contrato a tirones de papel y otro falso profesor de álgebra se presenta como el Papa de Roma para enseñar que de una premisa errónea se demuestra cualquier cosa. Funciona: la adrenalina devuelve a esos hombres una actividad mental que creían apagada, y la conversación posterior, entre cervezas y risas, deriva hacia una pregunta peligrosa: si engañar es tan fácil, ¿hasta dónde podrían llegar?
De ahí la novela se abre en tres movimientos —la terapia, el casino y la bolsa— que escalan la apuesta y el riesgo. Aparecen mesas de juego, cálculos sobre la suerte y la probabilidad, hipnosis, un hombre de traje negro y una serie de operaciones cada vez menos inocentes. También se va perfilando lo que el lector sospecha desde el principio: que Elisa tenía sus propios motivos para reunir precisamente a esas cinco personas, y que la terapia es el instrumento y no el fin.
Escrita con humor seco y una mirada afilada sobre la vanidad intelectual, Cinco idiotas funciona a la vez como comedia de estafadores y como retrato de la fragilidad de quien construye su autoestima sobre ser más listo que los demás. Su dedicatoria —«para todos los idiotas del mundo que, al igual que yo, quieren dejar de serlo»— anticipa el tono: nadie sale indemne, y el ingenio, aquí, es tanto la salvación como la trampa.
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