Un anciano abre las puertas de su vieja casa a tres jóvenes que acaban de heredarla y, al llegar a la sala donde aún reposa un costurero de cinco lados, empieza a contarles la historia de las cinco hermanas que allí crecieron y del amor…
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Un anciano abre las puertas de su vieja casa a tres jóvenes que acaban de heredarla y, al llegar a la sala donde aún reposa un costurero de cinco lados, empieza a contarles la historia de las cinco hermanas que allí crecieron y del amor callado que, siendo apenas un muchacho tímido, sintió por todas ellas.
La obra se construye como un relato dentro de otro relato: un hombre mayor, apoyado en su cachaba, conduce a Elvira, Julia y Juan por las habitaciones en penumbra de una casa que acaban de recibir en herencia sin saber muy bien por qué. Al descubrir la sala del costurero —un mueble de cinco lados, cada uno con su cajón y su almohadilla de alfileres de distinto color— el anciano se detiene y empieza a desenterrar un pasado que sólo vive ya en su memoria. Así conocemos a las cinco hermanas, hijas de un viejo amigo de su padre: María, Rosario y Laura, rubias y de edades muy próximas, y las mellizas Gabriela e Isabel, morenas y curiosamente opuestas en el gesto de sus rasgos, una inclinada hacia la alegría y otra hacia una leve melancolía. Huérfanas de madre desde niñas, las cinco se reunían a coser y bordar en torno a aquel costurero pensado originalmente para unirlas. El narrador, entonces un joven torpe y azorado, recuerda su primer encuentro con ellas, la pajarera exótica que era el verdadero orgullo del padre, y la manera en que, poco a poco, fue admitido en la intimidad de la familia hasta convertirse en el hermano y confidente que nunca tuvieron. Se detiene especialmente en la figura del padre, un hombre de carácter contradictorio: cariñoso y espléndido con el forastero, pero curiosamente indiferente hacia sus propias hijas, a las que trata con la misma atención rutinaria que reserva para el orden de los muebles, hasta que un episodio con uno de sus pájaros predilectos le hace entrever, por un instante, el encanto y el poder de las jóvenes que ha tenido siempre delante sin verlas. Entre canciones, romances recitados de memoria, cuentos inventados y una tarde en la que las cinco intentan, cada una a su manera, dibujar el retrato del joven visitante, el relato va tejiendo una atmósfera de ternura, timidez y felicidad suspendida en el tiempo. Pequeños detalles —dos de las cinco butaquitas más gastadas que las otras, el silencio que rodea la pregunta por «las demás»— dejan entrever, sin nombrarla aún, una pérdida futura que ensombrecerá aquella dicha. Contada muchos años después a unos jóvenes que ignoran el peso sentimental de lo que están a punto de recibir, esta es una historia sobre la memoria, el amor no correspondido con palabras y el modo en que los objetos de una casa pueden guardar, intacta, el alma de quienes ya no están.