A los treinta y tantos, la autora abre una aplicación de citas sin más plan que el de estar disponible para lo que venga, y termina acumulando más de cincuenta encuentros a lo largo de una década.
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A los treinta y tantos, la autora abre una aplicación de citas sin más plan que el de estar disponible para lo que venga, y termina acumulando más de cincuenta encuentros a lo largo de una década. Cada cita —numerada, breve, contada sin adornos— deja una escena, un aprendizaje y una pregunta incómoda sobre el deseo, la autoestima y las expectativas que se depositan sobre las mujeres. Lo que empieza como la búsqueda de un príncipe azul termina siendo la crónica de cómo se recupera el amor propio.
Hay un punto en la vida adulta en el que la agenda de los otros deja de coincidir con la propia: los amigos se casan, los fines de semana se llenan de fiestas infantiles y los círculos cercanos se agotan como territorio de encuentro. Desde ese lugar arranca este libro de memorias, escrito por una mujer mexicana que llegó a los treinta sin la casa, el marido ni los hijos que había imaginado, y que tuvo que distinguir entre lo que de verdad quería y lo que le habían enseñado a querer.
La decisión de abrir una aplicación de citas es, al principio, un experimento con reglas de seguridad claras: lugares públicos, avisar a una amiga, no entregar el teléfono demasiado pronto. Muy pronto se vuelve otra cosa. La autora empieza a llevar un diario de sus salidas —para entender, para recordar, para aprender— y ese cuaderno es la materia prima de estas páginas: más de cincuenta citas reales, ordenadas y numeradas, donde cada hombre aparece designado por su número o por un apodo que lo retrata en una frase.
El libro se organiza como una galería de retratos breves. Un primer encuentro en un cine, elegido porque la sala de proyección fue oficio, refugio y primer beso. Un político de ambición desmedida que canta al piano y aprende, encuentro a encuentro, a escuchar. Un hombre de belleza intimidante con quien la amistad resulta más valiosa que el romance. Un extranjero conocido a un kilómetro de distancia en la alberca de un hotel de Florida. Un reencuentro en Las Vegas que desmonta la vieja advertencia sobre acostarse demasiado pronto. Un lector culto que se convierte en mentor y en el empujón definitivo para escribir este libro. Entre ellos se intercalan digresiones sobre el trabajo, la familia, los lenguajes del amor y el catorce de febrero de una adolescencia con pocas rosas en el pupitre.
Un prólogo situado en enero de 2020 funciona como el punto más bajo del recorrido: una ruptura reciente, dos semanas de llanto y una cita desastrosa que termina con un listado de reproches sobre el pelo, las uñas y el maquillaje. De ese golpe —y de la constatación de haberse mirado durante años con los ojos de otros— nace la decisión que sostiene el resto del relato.
La voz es directa, con humor y sin coartadas: admite las reglas que ella misma se puso y no siempre cumplió, nombra la presión de las redes sociales, donde un anillo o un embarazo cosechan más celebración que cualquier logro propio, y sitúa el riesgo real de citarse con desconocidos en un país con cifras alarmantes de violencia contra las mujeres. Las escenas de intimidad se cuentan con franqueza y sin morbo, como parte del mismo aprendizaje. El resultado es menos un manual de citas que un mapa emocional: la historia de alguien que salió a buscar media naranja y encontró, en el camino, amigos, mentores, desengaños útiles y una versión de sí misma que ya no necesita permiso para gustarse.
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