Un adolescente escayolado tras una caída narra, con salero y jerga juvenil, cómo él y dos amigos deciden montar una agencia de detectives justo cuando un error de imprenta convierte sus flamantes tarjetas de 'detectives' en 'detectores'.
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Un adolescente escayolado tras una caída narra, con salero y jerga juvenil, cómo él y dos amigos deciden montar una agencia de detectives justo cuando un error de imprenta convierte sus flamantes tarjetas de 'detectives' en 'detectores'. Confinado en su balcón mientras se recupera, empieza a espiar sin querer la vida de su barrio: una vecina italiana extravagante que llega en Rolls-Royce con chófer y gata rosa, un robo en unos grandes almacenes, la desaparición del dueño del bingo y un manitas del barrio que huye en cuanto aparece la policía. Entre clases de recuperación con una compañera de clase y el enamoramiento por la chica popular del instituto, los pequeños misterios domésticos empiezan a enredarse con algo más serio.
La historia la cuenta en primera persona un chico que se hace llamar Quico (Francisco Ferrer), un adolescente de barrio criado por su madre Lola, peluquera de profesión, en un piso que da a una pequeña plazoleta interior. Todo arranca con un capítulo casi cómico: Quico y sus dos amigos, Jon y el Jeta, deciden fundar una agencia de detectives con el dinero de Jon, pero la imprenta comete un error grosero y las tarjetas terminan anunciando ‘detectores’ en lugar de ‘detectives’. El incidente, tratado con indignación y resignación a partes iguales, funciona como arranque de una trama mayor.
En paralelo, el relato retrocede a los días previos, cuando Quico se rompió una pierna saltando el muro del jardín de una vecina, la señora Pontini, una italiana rica y estrafalaria que se desplaza en Rolls-Royce conducido por el impecable chófer Bautista, and posee una gata teñida de rosa llamada Mimí y un loro parlanchín, Andreas. Convaleciente y con la pierna escayolada, Quico pasa los días observando desde su balcón y espiando desde la cerradura las visitas de la Pontini a la peluquería de su madre, mientras intenta reconstruir, con lógica de aficionado, los motivos reales de esas visitas.
A su alrededor se acumulan pequeños misterios de barrio: un robo sin rastro de allanamiento en un supermercado, la súbita desaparición del dueño del bingo local y, sobre todo, la huida discreta del Mani, el manitas del quiosco de la plazoleta, en cuanto se presenta la policía preguntando por él. Quico, que ha sido testigo casual de esa fuga y de un misterioso visitante nocturno junto al quiosco, empieza a sospechar que las piezas encajan, aunque nadie a su alrededor parece tomarle en serio.
Mientras tanto, la vida adolescente sigue su curso: Lola le impone clases de refuerzo con una compañera de instituto apodada la Chasis, que se convierte en confidente involuntaria de sus teorías, y Quico alimenta una ilusión por Helena, la chica popular del curso superior, que acaba invitándolo a su fiesta de disfraces. Con un estilo desenfadado, lleno de coloquialismos y humor adolescente, la narración entrelaza la comedia costumbrista del barrio con el nacimiento de una auténtica trama de misterio, sembrando pistas sobre personajes que no son lo que parecen.
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