Un libro de humor que desmonta, capítulo a capítulo, la fantasía del amante millonario de la novela erótica más vendida del momento y la confronta con el hombre corriente.
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Un libro de humor que desmonta, capítulo a capítulo, la fantasía del amante millonario de la novela erótica más vendida del momento y la confronta con el hombre corriente. Frente al príncipe gris de ficción aparece Gregorio: el compañero real, con su moto, sus eructos, su calvicie incipiente y su fregadero atascado. Cincuenta viñetas breves, escritas en clave de parodia costumbrista, que invitan a reírse del sueño sin dejar de soñarlo.
La obra parte de una constatación incómoda: millones de lectoras se rindieron a una trilogía que, bajo la etiqueta de novela erótica, funcionaba más bien como un catálogo de sueños políticamente incorrectos. En un prefacio que fija el tono de todo lo que sigue, la autora reconoce haber disfrutado de esa lectura y, precisamente por eso, decide desactivarla con la única herramienta que considera eficaz contra los fantasmas del príncipe azul: la carcajada.
El procedimiento es tan sencillo como productivo. A un lado, el espécimen literario, ese hombre de mirada de metal fundido, planeador propio, cocina inmaculada y resistencia sobrenatural al resfriado. Al otro, Gregorio: el macho humano medio, tratado aquí con la solemnidad falsamente científica de un documental de naturaleza, con nombre de especie, hábitat doméstico y conductas observables. Entre ambos median cincuenta matices —cincuenta sombras— que el libro va inventariando uno por uno, como quien levanta acta de la distancia entre lo que nos prometieron y lo que nos tocó.
Cada capítulo elige un escenario cotidiano y lo lleva hasta el absurdo por la vía de la comparación. El ascensor, donde el amante de ficción detiene el tiempo y Gregorio se limita a inspeccionar sus entradas en el espejo. Los medios de transporte, con una moto que convierte cualquier boda en un ejercicio de supervivencia capilar. La enfermedad, con esos treinta y siete grados que paralizan las extremidades pero no impiden un milagroso repunte ante la propuesta de una cerveza. La cocina, la ducha, el zapatero, los regalos de Navidad comprados con las persianas medio bajadas, el volumen del televisor, el alfabeto recitado a base de eructos y las noches en que la cama se convierte en un desfile de transformaciones acrobáticas mientras su compañera repasa, insomne, la discusión entera.
Junto a Gregorio aparece Lola, la voz que aterriza la fantasía con una sola sílaba y que sostiene el contrapunto del libro: quien gestiona las reuniones de vecinos, quien llama al fontanero, quien no consigue dormirse hasta dos horas después. Ese reparto mínimo basta para que el retrato funcione en dos direcciones a la vez, riéndose del hombre observado y de las expectativas que lo observan.
El resultado se lee como un pequeño manual de contrainformación afectiva, escrito en piezas cortas —algunas de apenas dos líneas, rematadas como un chiste— y con un registro que alterna la parodia zoológica, la hipérbole doméstica y el guiño cómplice a la lectora. No hay moralina ni ajuste de cuentas con quien disfrutó de la fantasía: la propuesta es más amable y más útil, la de aprender a sonreírle a los propios sueños para que dejen de ser grises y se vuelvan, quizá, algo más coloridos.
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