En una aldea de la campiña cordobesa, un jornalero conocido como Cintas Rojas, fanático devoto del torero Guerrita, necesita dinero a toda costa para no perderse la feria de Córdoba.
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En una aldea de la campiña cordobesa, un jornalero conocido como Cintas Rojas, fanático devoto del torero Guerrita, necesita dinero a toda costa para no perderse la feria de Córdoba. La negativa de un marqués y, sobre todo, la de su propio compadre a prestarle diez duros desencadenan en él un arrebato de orgullo herido y codicia que desemboca en una matanza fría y metódica dentro del cortijo que durante meses lo acogió como a uno más.
La narración se abre al amanecer en una choza de la campiña andaluza, donde Rafael Luarca —apodado Cintas Rojas por su pasión desmedida hacia el diestro cordobés Guerrita— se engalana con sus mejores prendas para acudir a la feria de Córdoba. Fanfarrón, orgulloso y de carácter volcánico, Cintas Rojas ha ahorrado durante todo el año privándose de vicios y placeres solo para poder presenciar las corridas de su ídolo, pero le faltan diez duros para completar la fiesta. Su tío se los niega, y la búsqueda de esa pequeña suma lo lleva primero ante el marqués de los Merinales, que lo despide con desprecio y hasta lo encañona con una pistola, y después hasta el Cortijuelo, la finca donde vive su compadre Rafael Luque junto a su esposa, su suegra, sus hijos y los jornaleros a su cargo. Allí, la negativa serena pero firme de Luque a prestarle el dinero enciende en Cintas Rojas una ira que se transforma, en cuestión de instantes, en un designio homicida. Lo que sigue es el relato, narrado con un distanciamiento casi clínico, de cómo un hombre acostumbrado a la violencia verbal y a la bravata cruza sin previo aviso el umbral del crimen: uno tras otro, con una faca y una pala, va suprimiendo a cuantos habitan o llegan al cortijo —el propio Luque, su mujer, la anciana enferma, la joven hija, el niño pequeño, el mastín guardián y los peones que se acercan sin sospechar nada—, calculando cada golpe con la misma frialdad de un matarife que despieza reses. El relato contrasta el idilio inicial de la vida campesina, sus rutinas, sus bromas y su lenguaje coloquial cargado de andalucismos, con la progresiva instalación del horror, y perfila un retrato de fanatismo taurino, honor herido y violencia rural que se sostiene en la tensión entre la ternura cotidiana de los personajes y la lógica implacable con la que el protagonista justifica, paso a paso, cada muerte como un simple trámite hacia su feria soñada.