Una relectura del mito homérico que devuelve la voz a Penélope: mientras teje y desteje su propia libertad en Ítaca, un ave enviada por la hechicera Circe le revela que Ulises sigue vivo y comparte lecho con ella en una isla remota.
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Una relectura del mito homérico que devuelve la voz a Penélope: mientras teje y desteje su propia libertad en Ítaca, un ave enviada por la hechicera Circe le revela que Ulises sigue vivo y comparte lecho con ella en una isla remota. La reina debe decidir, sola, qué verdad entregar a su pueblo, a su hijo y a los pretendientes que acechan el trono.
En el palacio de Ítaca, once años de ausencia han convertido la espera de Penélope en un ejercicio de disciplina y disimulo. La noticia de un pájaro que habla y que trae un mensaje solo para ella desata el bullicio de pescadores, siervos y nobles, pero también obliga a la reina a ejercer, una vez más, el arte de administrar la verdad. El mensaje, oculto entre las plumas del ave, procede de Circe, la temida hechicera de Eea: Ulises está vivo, ha naufragado en sus costas y se ha convertido en su amante. La confesión, tan sincera como interesada, pone a Penélope ante un dilema que excede lo sentimental. Contar toda la verdad podría lanzar a su hijo Telémaco, aún imberbe, a una travesía peligrosa; podría también dar argumentos a los pretendientes —Antínoo, Eurímaco y el resto de la corte de aspirantes al trono— para presionarla hacia un nuevo matrimonio o urdir la muerte del rey ausente. Callar del todo, en cambio, traicionaría a una suegra consumida por la incertidumbre y a un pueblo que necesita creer en el regreso de su señor. Ante la corte reunida en un banquete de celebración a medias, Penélope opta por una verdad fragmentada: anuncia que el rey vive, pero administra con astucia cada detalle que revela, sosteniendo el equilibrio de un reino sin trono ocupado. La obra construye así el retrato de una soberana que gobierna desde la sombra, cuya inteligencia práctica —la misma que sostiene el engaño del telar— se pone a prueba no ya contra los pretendientes, sino contra la propia lealtad que le debe a la verdad, a su familia y a su tierra. Con esta reescritura, la narración desplaza el centro de gravedad de la epopeya clásica: el viaje y el heroísmo masculino ceden protagonismo a la resistencia doméstica y política de una mujer que espera, calcula y decide en un mundo que no le concede margen de error.
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