Un cargamento de opio sin precedentes sale del norte de Laos y su destino final es Marsella, donde el dinero de la heroína financiará una operación política de Pekín sobre el comunismo francés.
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Un cargamento de opio sin precedentes sale del norte de Laos y su destino final es Marsella, donde el dinero de la heroína financiará una operación política de Pekín sobre el comunismo francés. Londres y Moscú, enemigos históricos, deciden actuar juntos: un veterano agente británico y una agente de la KGB deberán localizar y neutralizar al hombre que sostiene la red, un asesino corso con contactos en medio mundo. Tienen tres días.
Los telegramas llegan de madrugada y el cuadro que dibujan no le gusta a nadie. En una oficina londinense, un jefe de servicio cansado y su ayudante impaciente asumen que la escala del asunto obliga a implicar al Foreign Office y, sobre todo, a hacer lo impensable: colaborar con los soviéticos. Al mismo tiempo, en un despacho junto a la Plaza Roja, cinco hombres —militares y oficiales de inteligencia— llegan a la misma conclusión ante el último informe de Laos: el equilibrio se ha vuelto demasiado peligroso para actuar en solitario.
El origen del problema está en las montañas del norte, donde la cosecha de amapola es la mayor en décadas y un contrabandista veterano, corso y metódico, carga su avioneta con la ayuda inesperada de las mismas tropas que antes lo obligaban a huir. De ahí, la ruta del opio atraviesa Tailandia, Camboya y Birmania hasta llegar a Europa, donde Marsella es el gran centro de destilación. Convertida en heroína, esa carga vale una fortuna: exactamente el capital que necesita Pekín para disputar el control del partido comunista francés y desplazar la influencia de Moscú.
A George MacLeod, cuarenta y cinco años, veterano de la guerra y recién llegado de una misión agotadora, lo arrancan de un permiso demasiado breve en una posada de campo. Le explican el mapa, le explican el dinero y le explican, por fin, la parte que no esperaba: trabajará con Mireille Lebrun, agente de la KGB e hija de un legendario dirigente de la Resistencia. Las órdenes son estrictas —nada de contactos con los suyos, nada de la CIA, nada de los servicios franceses— y el margen es mínimo: tres días en una ciudad donde los círculos del espionaje son pequeños y todo el mundo se conoce.
Enfrente está André Fauconnetti, un hombre cuya inteligencia lo elevó de matón a agente internacional, con un pasado que va de la policía secreta italiana a los bajos fondos de Saigón y un año de adoctrinamiento en Pekín. Viaja sin prisa, compra regalos para sus nietos y lleva siempre la misma gabardina. Neutralizarlo es la clave de toda la operación; conseguirlo dependerá de una alianza que ninguno de los dos bandos se cree, y de si la mujer que debe entregar al hombre juega para el equipo o para su propio servicio.
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