Una novela coral sobre un barrio construido a las afueras de Río de Janeiro, levantado sobre huertas y ríos que aún recordaban el campo, y convertido en pocos años en territorio de tráfico, atracos y guerra entre bandas.
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Una novela coral sobre un barrio construido a las afueras de Río de Janeiro, levantado sobre huertas y ríos que aún recordaban el campo, y convertido en pocos años en territorio de tráfico, atracos y guerra entre bandas. Entre partidos de fútbol, cometas y canicas, crecen los chicos que llevan un arma en el bolsillo; entre ellos, Busca-Pé, que sueña con una cámara fotográfica y con una salida que no pase por el crimen.
Hubo un tiempo en que allí sólo había un río que se abría en dos brazos, huertas cuidadas por hijos de portugueses, bueyes que no sabían nada de la muerte y caserones abandonados con fama de embrujados. Después llegaron los hombres con botas a medir el terreno, las máquinas que arrasaron los árboles y terraplenaron el pantano, y los camiones del Estado que trajeron, cantando, a familias enteras desplazadas por las crecidas y por otras favelas. Así nació el barrio: hileras de casitas blancas, rosas y azules, bloques de pisos al otro lado del agua, nombres nuevos para lugares viejos.
La novela cuenta lo que ocurre cuando aquella promesa de casa propia se convierte, en cuestión de años, en un territorio gobernado por la ley de la supervivencia y la venganza. Los mismos niños que aprenden a remontar cometas, a nadar a favor de la corriente y a jugar a las canicas en la tierra roja aprenden también a distinguir el ruido de un tiro, a correr cuando alguien grita que llega la policía y a reconocer un cadáver que baja por el río. El relato avanza a saltos entre generaciones y personajes —Inferninho, marcado por un incendio y por una rabia que no encuentra fondo; Tutuca, criado entre rezos y decidido a que le teman; Passistinha, bailarín y delincuente respetado, que insiste en que el enemigo verdadero es otro—, y va tejiendo con sus asaltos, sus alianzas y sus rencores el mapa de una guerra que terminará por devorarlo todo.
Frente a ese mundo no hay más contención que una policía corrupta que cobra su parte, y el único idioma que todos entienden es el de las balas. El narrador lo asume desde el principio: aquí la palabra se traba, se traga, se queda sin decir, y en su lugar habla el disparo.
El contrapunto es Busca-Pé, un chico que fuma un porro a orillas del río mientras piensa en cámaras y lentes, que falta a clase de mecanografía, que discute con su madre porque ella preferiría verlo en el ejército, y que carga con la certeza incómoda de haber sido infeliz sin saberlo. Su mirada —la de alguien que quiere fotografiar el barrio en lugar de armarse en él— sostiene el libro y le da su única grieta de esperanza.
Escrita en una prosa nerviosa, hecha de habla viva, humor negro, enumeraciones que suenan a inventario de un pueblo entero y estallidos casi poéticos, es una obra que mira la violencia sin coartadas ni exotismo, y que devuelve a cada nombre propio el peso de una vida.