Un guionista afincado en Los Ángeles viaja a Florida para grabar por fin la historia que su abuelo nunca contó: los días del cerco de Leningrado, cuando tenía diecisiete años, montaba guardia contra incendios en el tejado de su edificio y…
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Un guionista afincado en Los Ángeles viaja a Florida para grabar por fin la historia que su abuelo nunca contó: los días del cerco de Leningrado, cuando tenía diecisiete años, montaba guardia contra incendios en el tejado de su edificio y sobrevivía con ciento veinticinco gramos de pan de serrín. De ese interrogatorio afectuoso —y de la licencia que el propio abuelo le concede, «eres un escritor, invéntalo»— nace el relato de una semana de enero de 1942 en la que el muchacho conoció a su futura esposa, encontró a su mejor amigo y mató a dos alemanes.
La novela arranca en una terraza de hormigón frente al Golfo de México, con un magnetófono sobre la mesa y dos ancianos rusos que hace décadas decidieron que nada podía matarlos salvo un Dios en el que no creen. El nieto, escritor de guiones sobre superhéroes mutantes y dueño de una biografía sin sobresaltos, ha ido hasta allí a reclamar la única historia verdaderamente extraordinaria de su familia. Su abuela se resiste; su abuelo, hombre de dos frases seguidas como máximo, cede y habla durante una semana entera. Cuando el nieto pide precisión —nombres, fechas, si salió el sol—, recibe la instrucción que autoriza todo lo que sigue: la verdad puede ser más extraña que la ficción, pero necesita un editor mejor.
A partir de ahí la voz cambia de dueño y el lector cae en el Leningrado del invierno de 1941-1942. Ya no queda madera en la ciudad: los postigos, los bancos de los parques y las tablas de los suelos se han quemado en las estufas. Las palomas han desaparecido, los perros y los gatos también, y lo que en octubre eran rumores repugnantes en enero es aritmética doméstica. El narrador tiene diecisiete años, es flaco, narigudo y está convencido de que su delgadez es una ventaja evolutiva; mandó a su madre y a su hermana pequeña fuera de la ciudad y se quedó, persuadido de un destino heroico, al frente de la brigada antiincendios del quinto piso de su edificio.
La noche de Fin de Año, mientras se reparten una cebolla en cuatro y escuchan el metrónomo de la radio —el pulso que confirma que la ciudad sigue sin caer—, un paracaidista alemán muerto de frío desciende sobre su calle. El saqueo del cadáver dura lo que tarda en aparecer un coche militar. Huir es fácil; volver atrás para levantar del hielo a una amiga que ha resbalado, no. Ese gesto, ejecutado con más rencor que valentía, lo lleva a una celda de la prisión de Las Cruces, un lugar donde el silencio y la oscuridad son la única tortura necesaria y donde la mañana no promete más que un tiro en la nuca.
Lo que sostiene el libro no es el heroísmo, sino su desmentido constante. El asedio se cuenta desde el detalle doméstico —el sabor exacto del pan, la sal que sobra cuando ya no queda nada, el chiste soez de unos soldados que aún comen dos veces al día— y desde una ironía seca que nunca se convierte en cinismo. La belleza aparece en los sitios más incómodos: los combates aéreos iluminados por los reflectores como una escena de teatro, los dirigibles antiaéreos flotando sobre una ciudad a oscuras. Y sobre todo el relato admite, sin coartadas, que el miedo no se agota con la costumbre y que la experiencia del terror no vuelve valiente a nadie: solo enseña a disimular. Novela de supervivencia, de amistad improbable y de memoria familiar reconstruida a medias, avanza hacia el encuentro que dará forma a toda una vida posterior en Brooklyn, con una compañía de seguros, un dedo índice cortado y los Yanquis en la radio.
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