En Mallorca, la desaparición de una joven durante una tormenta de abril mantiene en vilo a quienes la rodearon. Seis meses después, una enfermera que fue su mejor amiga, un cajero de banco con una vida doble y un vecino en silla de ruedas…
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En Mallorca, la desaparición de una joven durante una tormenta de abril mantiene en vilo a quienes la rodearon. Seis meses después, una enfermera que fue su mejor amiga, un cajero de banco con una vida doble y un vecino en silla de ruedas que presenció algo aquella noche ven cómo sus rutinas cotidianas empiezan a resquebrajarse bajo el peso de un secreto que nadie ha resuelto.
“Ciudad Jardín”, de Jaime Alberto Nicolau, arranca con una escena nocturna en la playa que da nombre a la novela: dos siluetas avanzan bajo una lluvia torrencial, una de ellas guiando a la otra hacia un destino que solo conoce quien camina en cabeza. Esa noche de abril de 2011 marca el punto de partida real de la trama, aunque el relato se instala primero seis meses después, en pleno octubre, para mostrar las secuelas cotidianas de aquella desaparición nunca esclarecida.
La narración se organiza en torno a tres vidas que giran, sin saberlo del todo, alrededor de la misma ausencia. Paz Moreno es una enfermera que arrastra dolores físicos y turnos agotadores en un hospital de Palma; cada mañana se cruza con un cartel que pide información sobre Antonella, su amiga de la infancia y compañera inseparable desde el colegio, desaparecida sin rastro esa noche de tormenta. Roberto Rodríguez, cajero de banco de trato encantador y ambición discreta, trabaja casi en solitario en una sucursal de barrio mientras conduce en secreto una operación que nada tiene que ver con la atención a sus clientes; el mismo cartel de la chica desaparecida —que resulta ser su antigua novia— le detiene un instante cada día, entre el recuerdo y la indiferencia calculada. Paco Lluch, vecino jubilado en silla de ruedas que vive frente a la misma playa, guarda en la memoria un detalle que entregó a la policía en su día: aquella noche de abril vio pasar, bajo la lluvia, a dos figuras que se dirigían hacia el extremo más oscuro de la arena, y más tarde a una sola figura embozada que regresaba sola.
A través de estas tres miradas —la de quien llora una pérdida, la de quien podría ocultar algo y la de quien fue testigo involuntario— la novela reconstruye, capítulo a capítulo y salto temporal a salto temporal, el entramado de una desaparición que ha dejado huella en un barrio tranquilo de Mallorca. Ciudad Jardín funciona como escenario y como metáfora: un lugar apacible, de puestas de sol y paseos junto al mar, bajo cuya superficie conviven el dolor, la sospecha y los silencios de quienes conocieron a la víctima antes de que se desvaneciera.