Tres años después de que Ciudad Sultana desapareciera de los mapas, la psicóloga Belinda Castañeda cita en su consultorio a dos hombres que estuvieron allí: un científico aterrado que habla mirando la puerta y un joven que vive sin…
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Tres años después de que Ciudad Sultana desapareciera de los mapas, la psicóloga Belinda Castañeda cita en su consultorio a dos hombres que estuvieron allí: un científico aterrado que habla mirando la puerta y un joven que vive sin teléfono, sin banco y sin rastro. Lo que buscan sus preguntas no es un diagnóstico, sino la verdad sobre un brote que alguien decidió enterrar junto con la ciudad. Ciudad Roja, de F. L Gamboa, convierte la sesión de terapia en un interrogatorio a dos voces donde cada testimonio abre una puerta que quizá convendría dejar cerrada.
Hay una carta antes de la primera página del relato: alguien llamado Adrián escribe a Belinda para admitir que se equivocó al ir solo, que ha entendido algo sobre los alimentos que «ellos» producen y que vendrán por él. Con esa despedida como piedra angular arranca Ciudad Roja, la novela de F. L Gamboa que sostiene su tensión no en la persecución, sino en la palabra dicha en voz baja dentro de una habitación cerrada.
Belinda Castañeda tiene treinta años, un doctorado recién terminado y un consultorio pequeño en un tercer piso desde cuyo marco de ventana observa el tráfico de la tarde. Ha cancelado el resto de su agenda para recibir a dos personas muy distintas. La primera es Roberto Farell, un médico que llega tarde, sudando, que se pega a la pared en cuanto ve una cámara de video y que prefiere escribir su respuesta en un papel antes que pronunciarla: hay ojos en todas partes. La segunda es Gabriel Alatorre, un joven sin huella digital alguna —sin redes, sin tarjetas, sin nombre que devuelva un solo resultado en un buscador— que se sienta con la hostilidad tranquila de quien lleva años esperando un ataque.
Ambos vienen a hablar de lo mismo: la crisis que arrasó Ciudad Sultana y que la versión oficial nunca terminó de explicar. Farell la cuenta desde adentro, desde un laboratorio de temperaturas bajas y protocolos rígidos donde un equipo de mentes brillantes celebraba avances que nadie se atrevía a llamar éticos, y donde el nombre de un pueblo estadounidense —Hillmouth— circulaba como una advertencia que todos preferían considerar un accidente aislado. Gabriel la cuenta desde afuera, desde un aula de preparatoria a la que un día faltó la mitad del grupo, con justificantes que repetían los mismos síntomas y rumores adolescentes sobre sangre y venas que se vuelven rojas.
Gamboa administra los dos relatos como un juego de espejos. Belinda escucha, toma notas, subraya palabras y ejerce su oficio con precisión clínica —una pelota de papel arrugada basta para bajarle a un hombre la ansiedad del setenta al cuarenta por ciento—, pero su interés no es profesional del todo: el número tres la persigue, una figura sin rostro se le aparece entre las sombras del consultorio y en el periódico del día la mira, desde una foto a color, una niña desaparecida cuyos ojos de distinto color se parecen demasiado a los suyos. Cuanto más avanza el testimonio, menos claro queda quién está examinando a quién.
Ciudad Roja combina el terror de contagio con la novela de conspiración corporativa y el drama íntimo de la culpa. La infección es real y avanza —en los pasillos de un laboratorio, en un salón de clases, en una ciudad entera que el gobierno decidió sellar—, pero el libro insiste en que el verdadero horror es anterior: alguien sabía, alguien calculó el riesgo, alguien tomó la decisión de seguir. Entre epígrafes de Lacan y Bernard Shaw, la novela pregunta qué queda de una persona cuando su memoria se convierte en prueba, y qué precio se paga por ser el único que quiso mirar de frente lo que todos acordaron olvidar.