Un equipo de héroes adolescentes convertido en reality show persigue audiencias en un barrio residencial de Connecticut y encuentra, en su lugar, una catástrofe: el enfrentamiento con cuatro fugitivos termina en una explosión que arrasa…
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Un equipo de héroes adolescentes convertido en reality show persigue audiencias en un barrio residencial de Connecticut y encuentra, en su lugar, una catástrofe: el enfrentamiento con cuatro fugitivos termina en una explosión que arrasa manzanas enteras y mata a cientos de civiles, entre ellos niños. Al mismo tiempo, Tony Stark sobrevuela el planeta cargando el duelo por la muerte de Thor y recluta a Spider-Man para Los Vengadores, convencido de que la era del héroe solitario está por terminar. Cuando la columna de humo aparece en el horizonte, esa intuición deja de ser teoría.
La obra abre con un prólogo que funciona como detonante y como tesis. Los Nuevos Guerreros, un equipo juvenil de segunda fila, recorren el país con un equipo de cámaras a cuestas: su serie va mal, la audiencia se derrumba y una segunda temporada parece imposible. Narrado desde la conciencia acelerada e inestable de Robbie Baldwin —Speedball, un chico que oculta su trastorno bipolar detrás del chiste y el rebote constante—, el asalto a una casa ocupada por cuatro fugitivos del FBI se plantea como el episodio que podría salvarlos. La pelea empieza como espectáculo, con tomas repetidas, frases ensayadas para la cámara y discusiones sobre maquillaje y horas extra, hasta que uno de los villanos decide que no piensa ser material de televisión. La explosión que sigue borra a los héroes, al equipo técnico, a un autobús escolar y a un patio de recreo entero. La cifra —ochocientos cincuenta y nueve muertos en Stamford— llega en una sola línea, seca, después de que el lector ya haya visto morir a los personajes desde dentro.
El primer capítulo cambia por completo de registro y de altura. Tony Stark despierta inquieto, se enfunda la armadura pieza por pieza y sale a volar sobre Manhattan sin destino fijo, revisando titulares, correos y crisis financieras mientras da la vuelta al mundo. Su malestar tiene nombre: un mensajero de Asgard anunció semanas atrás que el Ragnarok se consumó, que Thor cayó y que no habrá más contacto entre reinos. Stark comprende que la pérdida no es solo la de un amigo, sino la del eje que mantenía unidos a Los Vengadores y que, más de una vez, evitó que él y el Capitán América llegaran a las manos. Entre un rescate en alta mar —donde su propia armadura falla y le recuerda que la tecnología también se cala— y la citación para testificar ante un comité del Senado que investiga los abusos de poder metahumanos, Stark reclutará a Peter Parker para el equipo. Le ofrece un traje diseñado a medida, cobertura médica y un discurso sobre infraestructura y futuro; se guarda para sí la otra mitad del cálculo: Spider-Man es también uno de los seres más poderosos del planeta y conviene tenerlo cerca.
Los dos bloques se cierran en el mismo instante. Cuando Iron Man vuelve a la costa este, sus sensores captan una columna de humo a sesenta y cinco kilómetros de Nueva York y las noticias hablan de un cráter y de cientos de muertos. La novela plantea así su conflicto de fondo —qué se le debe exigir a quien tiene poder, quién responde cuando algo sale mal, quién decide— y lo hace sin discursos: primero muestra el costo, después presenta a los hombres que tendrán que discutir sobre él. Es un relato de superhéroes escrito en clave de consecuencia, atento al ruido mediático, a la vanidad, al duelo y a la fina línea entre proteger a la gente y administrarla.