Tras casi treinta años de un matrimonio vaciado por la rutina, Rhona decide reabrir el local que heredó de su padre y convertirlo en el estudio-galería que siempre soñó.
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Tras casi treinta años de un matrimonio vaciado por la rutina, Rhona decide reabrir el local que heredó de su padre y convertirlo en el estudio-galería que siempre soñó. Mientras su marido descalifica cada pieza que crea, una petición de amistad en Facebook la conecta con Jaime, un galerista que la escucha y la admira. La conversación virtual se vuelve refugio, hasta que una cena de fin de año pone cara al desconocido.
Rhona lleva casi tres décadas ordenando una casa que nunca ha sido del todo suya. Auditor meticuloso y experto en convertir a los conocidos en favores futuros, Daniel ha administrado también la vida de su mujer: fue él quien, al casarse, la persuadió de archivar los pinceles y el hierro para dedicarse a la familia, y es él quien ahora responde con desprecio —«emborronar lienzos», «doblar hierros oxidados»— cuando ella anuncia que quiere volver a crear. Con las hijas ya independizadas en Londres y los días demasiado largos, Rhona aprovecha una semana de viaje de su marido para acondicionar, junto a sus amigas Lola y Maia, el pequeño local heredado de su padre. La decisión se toma en silencio y se ejecuta como un hecho consumado: un estudio detrás, una galería mínima tras la cristalera, y una página de autora en Facebook donde sus piezas empiezan tímidamente a gustar y a venderse.
Es por esa puerta digital por donde entra Jaime. Se presenta como director de una galería, elogia su trabajo, propone una colaboración sin remuneración y luego desaparece durante semanas, para reaparecer sin aviso como el Guadiana. Entre discusiones de política, bromas sobre el consumismo navideño y regalos imaginarios —una entrada de teatro, una exposición de fotografía, un libro—, la conversación se vuelve costumbre y después expectativa. Rhona, que se describe a sí misma como «una pobre vieja aburrida», descubre que el corazón se le acelera cada vez que asoma el recuadro del mensaje, y una noche de Navidad, mientras su marido se encierra en el despacho, escucha por escrito algo que hace años que nadie le dice: que le gusta.
La novela avanza sobre ese doble tablero. En el mundo tangible, la humillación es pública y cotidiana: unos servilleteros artesanales que Daniel considera un ridículo en su cena prenavideña, la reprimenda en voz baja en la cocina mientras los invitados toman café, la advertencia de que no vuelva a dejarlo en evidencia. En el mundo de la pantalla, en cambio, Rhona es interlocutora, artista y mujer deseable. Sus amigas —Maia, diseñadora que aprendió pronto qué hacía su marido en la sala de pruebas; Lola, médica y psicóloga que crió sola a su hijo y busca compañía sin ataduras— le aconsejan prudencia: dejar pasar las fiestas y preguntarle a Jaime cuáles son sus intenciones.
El relato encuentra su bisagra en la cena de Nochevieja a la que Daniel la arrastra con su obsesiva puntualidad. Relegada al segundo plano de siempre, Rhona se refugia frente a un cuadro y encuentra a un hombre de mirada traviesa que sabe demasiado sobre el lienzo, sobre la pintura y, sobre todo, sobre ella. Lo que empezó como una conversación clandestina en una pantalla se materializa en un salón lleno de compromisos, con un marido a pocos metros y una esposa callada y triste en el sofá. Cl@ndestinos es la crónica íntima de un despertar tardío: la historia de una mujer que primero recupera su vocación y después, casi sin proponérselo, se ve obligada a decidir cuánto está dispuesta a arriesgar para recuperarse a sí misma.