Primer estudio monográfico dedicado por completo a Clarence Brown (1890-1987), el director que más veces dirigió a Greta Garbo, Clark Gable y Joan Crawford y que, pese a firmar títulos considerados clásicos, quedó al margen de las…
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Primer estudio monográfico dedicado por completo a Clarence Brown (1890-1987), el director que más veces dirigió a Greta Garbo, Clark Gable y Joan Crawford y que, pese a firmar títulos considerados clásicos, quedó al margen de las historias del cine. El libro reconstruye sus 85 largometrajes, desde su aprendizaje junto a Maurice Tourneur en Fort Lee hasta sus casi tres décadas en Metro-Goldwyn-Mayer, y examina por qué un cineasta tan influyente acabó convertido en una laguna historiográfica.
Hay directores olvidados por accidente y otros que lo fueron por el modo en que encajaron en su época. Clarence Brown pertenece al segundo grupo, y este libro se propone explicarlo con documentos en la mano. Ingeniero de formación y vendedor de automóviles antes que cineasta, Brown llegó en 1915 a Fort Lee, New Jersey, dispuesto a aprender el oficio desde abajo junto a Maurice Tourneur: ayudante de dirección, montador, rotulista, responsable de la segunda unidad en exteriores y, finalmente, codirector. Seis años de escuela que desembocaron en una carrera propia de más de tres décadas, primero en solitario, después en Universal y con Joseph M. Schenck, y desde 1926 en Metro-Goldwyn-Mayer, donde se mantuvo hasta 1953 como uno de los realizadores más reputados y mejor pagados del estudio.
El volumen recorre esa trayectoria etapa por etapa y la sitúa en el marco del cine clásico norteamericano, combinando el trabajo histórico y de archivo con el análisis de las películas. Reconstruye con precisión el periodo de formación —hasta ahora la zona más confusa de su filmografía, pues no se sabía con certeza en qué títulos de Tourneur había intervenido—, revisa los cinco films Jewel rodados para Carl Laemmle, atiende a los grandes vehículos de estrellas de los años treinta y cuarenta que la crítica ha tendido a despachar como encargos, y reivindica al «otro Brown»: el de las cintas de Americana, íntimas, rurales y cargadas de ecos autobiográficos, centradas en el vínculo paternofilial y en el tránsito de la infancia a la madurez.
Dos cuestiones atraviesan el libro. Una es el equilibrio entre melodrama romántico y Americana como ejes de su obra, con 1935 como bisagra. La otra es la propia figura del director: hombre discreto, ajeno a manifiestos y poses intelectuales, reacio durante años a ser entrevistado, cómodo dentro del studio system y convencido de que el entretenimiento y la rentabilidad no eran una carga sino parte del oficio. Un perfil que lo alejó del canon construido por la politique des auteurs y lo dejó en el terreno de las anécdotas: el récord de nominaciones al Oscar a la mejor dirección sin premio y la etiqueta, aquí desmontada con documentación de primera mano, de «director favorito de Garbo». Lo que emerge al final es un cineasta comercial y a la vez innovador, cuya obra sostiene sin dificultad la relectura que se le viene negando.