Una novela policial británica con humor seco: un inspector de Scotland Yard y su fatigado sargento investigan el asesinato a tiros de una joven en su propio dormitorio, mientras la lluvia londinense no da tregua y las pistas domésticas…
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Una novela policial británica con humor seco: un inspector de Scotland Yard y su fatigado sargento investigan el asesinato a tiros de una joven en su propio dormitorio, mientras la lluvia londinense no da tregua y las pistas domésticas —barro, una lapicera, un impermeable manchado— van armando un rompecabezas doméstico e inesperadamente turbio.
Claro como el agua, de Laurence Payne, es una novela de detectives que arranca con una escena tan cotidiana como perturbadora: Úrsula Twist, una joven de veintiún años, aparece muerta de un balazo en su propia cama, en una noche de lluvia interminable. El inspector narrador —cronista de sí mismo con una ironía constante hacia el propio oficio— y su sargento Saunders, un hombre corpulento y proclive a los golpes de suerte accidentales, recorren la escena del crimen con una mezcla de rigor procedimental y comedia involuntaria, conscientes en todo momento de que no son Sherlock Holmes ni falta que les hace. El relato avanza por acumulación de objetos mínimos que cobran peso narrativo: un charco de barro en el felpudo, dos lapiceras de bolilla idénticas, un impermeable amarillo con una mancha de sangre en el bolsillo, una pistola escondida en el tanque del inodoro. Cada hallazgo material abre una pregunta sobre el móvil antes que sobre el autor, y la investigación se despliega en interrogatorios domésticos —la madre desolada, el novio con coartada dudosa, una compañera de policía con un recuerdo del pasado de la víctima— que van revelando una vida menos simple de lo que sugería su apariencia. Payne construye el misterio con el tono clásico del procedimental inglés de mediados de siglo: diálogos ágiles, un narrador que se burla de sus propias limitaciones frente al mito del detective infalible, y una atmósfera de ciudad mojada y oficinas grises donde el humor convive con la crueldad del caso. Más que una demostración de deducción brillante, la novela retrata el trabajo policial como un oficio hecho de rutinas, tazas de té, papeleo y pequeñas humillaciones, hasta que los indicios dispersos empiezan, poco a poco, a mostrarse claros como el agua.
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