Una novela de reencuentro y desarraigo que avanza hacia atrás: sus capítulos se numeran en cuenta atrás, de modo que cada escena que leemos ya carga con lo que aún no sabemos.
Descargar
Una novela de reencuentro y desarraigo que avanza hacia atrás: sus capítulos se numeran en cuenta atrás, de modo que cada escena que leemos ya carga con lo que aún no sabemos. Lev, criado entre el rumano y el alemán en un pueblo del norte de Rumanía, viaja a Zúrich después de recibir una postal con dos palabras: «¿Cuándo vienes?». Allí lo espera Kato, que pinta copias de grandes maestros sobre lienzos extendidos en la acera y vive en un Land Rover color crema. Lo que sigue es la lenta reconstrucción de una amistad interrumpida durante cinco años, y de las capas de historia, lengua y silencio que se acumularon entre ambos.
Todo empieza con dos palabras escritas en el dorso de una postal. Lev, que trabaja en una serrería y conoce el sonido de las hojas de sierra como quien conoce una lengua materna, deja Maramureş y viaja mil quinientos kilómetros hacia el oeste para responder a esa pregunta —«¿Cuándo vienes?»— sin saber muy bien qué se le está pidiendo: una visita, una mudanza, o simplemente una señal de que sigue estando.
En Zúrich lo espera Kato, que ha convertido la intemperie en oficio. Pinta a Botticelli y a Leonardo sobre lienzos que despliega en la calle, renueva su permiso cada semana, se lleva bien con la funcionaria que lo concede y con los tenderos, los curas y los barrenderos del barrio; dice que vive en un escaparate y también en la mayor galería del mundo. Su casa es un todoterreno con cama, hornillo y baca de punta a punta. La novela sigue a los dos por una ciudad de agua, orden y aceras limpias, donde Lev descubre que el vértigo no lo produce la distancia, sino una máquina expendedora de billetes de tranvía y la sospecha de que su origen le va cosido a la ropa y a los zapatos.
La estructura es su hallazgo más sutil: los capítulos retroceden —«Nueve», «Ocho»—, de manera que la reconciliación se lee antes que la herida, y cada gesto de ternura queda expuesto a lo que vendrá después, es decir, a lo que ya ocurrió. Así van emergiendo las capas del pasado: los años de viaje de Kato con Tom, las postales escritas hasta invadir los márgenes; Camil, el hombre desaparecido cuyo recuerdo devuelve todos los mirlos; el accidente del que Lev nunca habla y esa parálisis que lo asalta cada vez que le viene a la cabeza; y Ferry, el abuelo instalado en el cuarto distrito de Viena, que divide a la humanidad en santos, locos, inteligentes e idiotas y sostiene que quien se marcha de un sitio no termina nunca de asentarse en otro.
Detrás de las escenas íntimas late una historia colectiva contada sin subrayados: la comunidad sajona de Transilvania que pasó de nación a minoría, las fronteras que se abrieron tras la Revolución, los supermercados que llegaron a borrar la memoria de la escasez, los que se fueron y los que decidieron quedarse. La novela no juzga ninguna de esas elecciones; se limita a mostrar lo que cuesta cada una.
La prosa trabaja por acumulación de detalles precisos —una piña guardada en el bolsillo, el carboncillo tiznando la base de la mano, el color exacto de un lago que cambia todos los días, una polilla aplastada sin más sobre el mostrador de un hostal— y confía en que el lector complete lo que los personajes callan. El resultado es un libro sobre la pertenencia entendida no como lugar sino como intemperie compartida: sobre quienes viajan, quienes naufragan y aquellos cuya presencia casi nadie percibe ni quiere percibir. Y sobre esa idea que Kato defiende ante sus cuadros de acera: que el veredicto solo es válido cuando uno logra mirar el mundo con los ojos de la figura representada.