A los treinta años, Catherine ha aprendido que ser deseada no es lo mismo que sentir placer. Asistente legal, dueña de una rutina impecable y de una vida amorosa abundante pero tibia, decide invertir los términos del juego: en lugar de…
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A los treinta años, Catherine ha aprendido que ser deseada no es lo mismo que sentir placer. Asistente legal, dueña de una rutina impecable y de una vida amorosa abundante pero tibia, decide invertir los términos del juego: en lugar de esperar a ser conquistada, convierte la mirada ajena en su propio territorio. Así comienza su exploración del exhibicionismo, un camino que la lleva de un pequeño secreto bajo la falda en una tarde de oficina hasta una audaz puesta en escena en la sala de conciertos. Relato erótico de Lexi Lauderdale, publicado por Soft Kiss Books en 2015, sobre deseo, control y el placer de decidir cuándo y cómo se es vista. Lectura para público adulto.
Catherine tiene treinta y tantos, un trabajo estable en un despacho de abogados y una larga lista de amantes que nunca terminaron de darle lo que buscaba. El problema no es la falta de atención: es que la atención, tal como se la habían enseñado a recibir, siempre terminaba en el mismo lugar previsible. El sexo le resultaba un trámite físico; el cortejo, un guion escrito por otros. Lo que le faltaba, intuye, no era otro cuerpo, sino otra manera de estar dentro del propio.
La respuesta llega por la vía menos esperada: la investigación. Catherine empieza a leer foros y testimonios de mujeres que narran sus experiencias con el exhibicionismo, y descubre un hilo común en todas ellas —la sensación de haber recuperado un poder que creían prestado. Decide probar. Su primer experimento es mínimo y privado: un miércoles cualquiera, un secreto que nadie más conoce, y el descubrimiento de que la tensión entre lo que se muestra y lo que se insinúa puede ser más intensa que cualquier encuentro. Un almuerzo en el patio del edificio y un contador cuyo nombre nunca aprende terminan de confirmarlo.
A partir de ahí, la novela sigue a Catherine mientras convierte el hallazgo en una práctica deliberada. Aparecen otros testigos ocasionales —un bombero, un bibliotecario, un repartidor—, pero lo que cambia no es la lista: es su relación con el propio cuerpo, que deja de ser un obsequio que se entrega y pasa a ser el instrumento con el que administra su deseo. Catherine no abandona la intimidad convencional; simplemente deja de ser pasiva dentro de ella, y descubre que sus amantes agradecen la instrucción.
El relato avanza hacia su apuesta más ambiciosa. Una revista hojeada en la sala de espera de un dentista le da la idea; un colectivo de jóvenes artistas se la ejecuta en unas pocas horas; y una entrada de sinfónica regalada por su jefe le ofrece el escenario. Vestida con una ilusión pintada sobre la piel, Catherine se sienta entre cientos de personas en un lugar donde el decoro es parte del espectáculo. Allí el libro plantea sus preguntas más interesantes: hasta dónde llega el control cuando el riesgo es real, qué pasa cuando el público deja de ser anónimo, y qué significa elegir no incomodar a nadie mientras se sostiene un secreto imposible.
El reencuentro con una figura de su pasado reciente en el vestíbulo, durante el entreacto, reordena la noche entera y da paso a un segundo acto tan coreografiado como la música que suena en el escenario. “Clásicamente Expuesta” es un relato breve de tono directo y ritmo ágil, construido enteramente desde la perspectiva de su protagonista, que se lee tanto como fantasía erótica como retrato de una mujer que reescribe las reglas de su propio deseo. Contenido sexual explícito; recomendado únicamente para lectores adultos.
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