Lidia, una inmigrante hispanohablante que sobrevive entre albergues y bibliotecas en Montreal, acepta un empleo aparentemente sencillo: cuidar y limpiar Clifton Hill, una elegante casa victoriana en venta en el barrio de Outremont.
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Lidia, una inmigrante hispanohablante que sobrevive entre albergues y bibliotecas en Montreal, acepta un empleo aparentemente sencillo: cuidar y limpiar Clifton Hill, una elegante casa victoriana en venta en el barrio de Outremont. Lo que empieza como un golpe de suerte —techo, paga semanal y un respiro tras años de precariedad— se enturbia desde la primera noche, cuando un frío inexplicable, luces que se funden, objetos que se rompen solos y pesadillas cada vez más vívidas le sugieren que la casa guarda algo más que polvo y silencio.
Tras años de buscar trabajo sin éxito en Montreal, con el visado vencido y durmiendo en albergues, Lidia encuentra en el tablón de la biblioteca municipal un anuncio que parece una tabla de salvación: cuidar una casa a cambio de alojamiento y cien dólares semanales. La propiedad es Clifton Hill, una mansión victoriana de ladrillo visto en Outremont, protegida por su valor histórico y en venta desde hace años, la misma casa que Lidia admiraba en sus paseos solitarios. Débora, la mujer que la contrata, le encarga tareas simples —limpiar, poner flores frescas a diario, vigilar de noche—, pero deja preguntas sin responder: por qué la anterior cuidadora se marchó sin avisar dejando toda su ropa en el armario, por qué no alquilan la casa y por qué las cortinas aparecieron echadas y las flores marchitas. Desde el primer día, la casa se resiste a ser habitada: la calefacción no vence un frío que cala los huesos, las bombillas se funden una tras otra, un vaso estalla sin que nadie lo toque, las velas se apagan solas y unos golpes en la puerta no anuncian a nadie. Una niña del barrio le pregunta si vive en la casa encantada; la florista palidece al oír el nombre Clifton. Mientras Lidia se aferra al empleo que la separa de la calle, las pesadillas —un despertar con los ojos ensangrentados frente al espejo— empiezan a desdibujar la frontera entre el agotamiento y algo más oscuro. Narrada en primera persona con la voz de quien no puede permitirse huir, esta historia entrelaza el retrato íntimo de la precariedad migrante con el pulso creciente de una casa que parece observar a su nueva inquilina.