En un Moscú del siglo XXII convertido en hiperpolis vertical, unos tallos gigantescos de los que se extrae una droga cada vez más refinada ensombrecen la ciudad, mientras el lema oficial —no debes nada a nadie— dispensa a todos de…
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En un Moscú del siglo XXII convertido en hiperpolis vertical, unos tallos gigantescos de los que se extrae una droga cada vez más refinada ensombrecen la ciudad, mientras el lema oficial —no debes nada a nadie— dispensa a todos de cualquier obligación. Saveliy Hertz, corresponsal de una revista de culto, circula entre pisos altos, entrevistas y consignas sin sospechar que el bienestar que disfruta tiene un precio. Una novela satírica sobre el ocio como ideología y la vigilancia como espectáculo.
La acción transcurre en una Moscú futura que ha absorbido a todo un país: una hiperpolis de rascacielos donde la altura del piso define la clase social. Abajo, entre humedades y sombras, sobrevive el estrato “pálido”; en los niveles setenta y ochenta se acomodan los profesionales y los intermediarios del dinero; en los pisos cien viven los magnates chinos que financiaron la ciudad y a los que la metrópoli le debe su prosperidad. Entre los edificios crecen tallos descomunales, cubiertos de escamas negroverdosas, que roban el sol y de cuya pulpa se destila una sustancia cuya numeración —cuarta, séptima, novena— funciona a la vez como escalafón químico y como marcador de estatus.
Saveliy Hertz, corresponsal especial de la revista Lo Más, atraviesa ese paisaje con la satisfacción tranquila de quien se sabe bien colocado. Lo acompaña Bárbara, su novia, periodista de primera clase y ejemplar perfecto de la elegancia lánguida que se estila arriba. Su trayecto matinal —el atasco, el traficante que ofrece felicidad barata, el holograma que repite en el cielo la consigna que ha pacificado a la ciudad— basta para dibujar el mundo entero: un lugar donde nadie tiene obligaciones y donde el trabajo se considera cosa de extranjeros.
En la redacción, un editor centenario y tiránico convoca a su equipo para preparar el número de aniversario y exige ideas geniales. Allí aparece también Gosha Degot, antigua estrella del oficio arruinada por su participación en Vecinos, el proyecto de vigilancia doméstica convertido en religión nacional, cuya deriva hacia la tragedia televisada la novela relata con frialdad clínica. Gosha reclama a Saveliy para esa misma tarde por algo urgente que, según él, no es nada.
La novela avanza como una comedia de costumbres futuristas que va destapando su fondo inquietante: la prosperidad importada, la periferia abandonada a los lobos, la ley que castiga lo que se vende en cada esquina, la duda incómoda de un periodista que se presume informado de todo y no entiende el mecanismo que sostiene su propio confort. Bajo el barniz reluciente que Saveliy cree percibir en las cosas asoma la pregunta que ordena el relato: qué se paga, y quién lo paga, para que nadie deba nada a nadie.