Un hallazgo casual en un informe olvidado de una base aérea de Nuevo México condujo a una periodista hasta dieciocho personas —hombres, mujeres y niños— a las que, entre 1945 y 1947, se inyectó plutonio sin su conocimiento.
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Un hallazgo casual en un informe olvidado de una base aérea de Nuevo México condujo a una periodista hasta dieciocho personas —hombres, mujeres y niños— a las que, entre 1945 y 1947, se inyectó plutonio sin su conocimiento. Esta obra reconstruye esa investigación y el sistema que la hizo posible: los médicos del Proyecto Manhattan, la urgencia por medir en cuerpos humanos lo que las bombas apenas insinuaban, y las décadas de silencio administrativo que convirtieron a los pacientes en códigos. Con el rastreo de CAL-3 hasta un pueblo diminuto de Texas llamado Italy, el relato devuelve nombre, oficio y familia a quienes fueron reducidos a datos.
Todo empieza con un detalle menor: la mención, en un denso informe sobre residuos de la Fuerza Aérea, de cadáveres radiactivos de animales enterrados en una base de Albuquerque. La periodista que lee esa línea a finales de los años ochenta no busca una gran revelación; sigue una curiosidad. En el sótano del laboratorio de armas, entre papeles acartonados por el tiempo y una cámara acorazada entreabierta, encuentra una anotación que cambia la escala del asunto: un experimento de plutonio realizado en seres humanos.
Desde ahí, la obra avanza por dos carriles que se trenzan. Uno es la crónica de la investigación misma, con su ritmo obstinado y poco heroico: peticiones de acceso a la información devueltas con los nombres tachados, un funcionario que niega que el experimento haya existido pese a constar en un informe del Congreso, una carpeta de manila que se archiva y se vuelve a abrir durante años, dieciocho hojas de papel amarillo donde cada paciente es raza, sexo, fecha, hospital y enfermedad, pero nunca un nombre. El giro llega por descuido ajeno: dos palabras que los censores olvidaron borrar —“Italy, Texas”— y que permiten identificar a CAL-3, un hombre afroamericano al que en julio de 1947 le inyectaron plutonio en la pantorrilla izquierda y a quien tres días después le amputaron la pierna.
El otro carril es el retrato del mundo que produjo esas inyecciones. Los responsables no son villanos de caricatura, sino una mezcla singular de médico, científico y soldado: hombres que habían hecho el Juramento Hipocrático y que, al mismo tiempo, temían una epidemia de cáncer entre los trabajadores de la bomba y no sabían casi nada sobre los efectos de la radiación interna. La obra los sigue desde un accidente de laboratorio en Los Álamos —un frasco de diez miligramos que estalla y deja un sabor metálico en la boca de un químico de veintitrés años— hasta las reuniones a puerta cerrada donde se discutía cuánto estroncio radiactivo acumulaban los huesos de los niños del país y cuántas bombas más podían detonarse antes de cruzar un umbral considerado seguro. Aparecen también la preocupación permanente por las relaciones públicas, el miedo a las demandas judiciales, y la lógica que llegó a presentar unas cuantas leucemias adicionales como coste inevitable de la Guerra Fría.
Lo que sostiene el conjunto, sin embargo, es el trabajo de restitución. Un pintor de casas, un lampista paciente, un ama de casa tímida, un inspector municipal muy querido en su barrio: los códigos se vuelven biografías. Y en el centro, una cocina de Dallas donde una viuda que fue maestra durante treinta y cinco años y su hija —de carácter mucho más combativo— comparan itinerarios de viaje y recuerdos con los documentos de la periodista hasta que las fechas encajan. Décadas más tarde, un pueblo cercado por campos de algodón, escaparates tapados con papel marrón y un calor que doblega todo apenas conserva memoria del caso; solo una lápida, en la parcela donde yacen los afroamericanos del cementerio, deja constancia de un hombre convertido en número. La obra se pregunta abiertamente si algo de todo esto se recordará. El granito, admite, durará más que el relato.