Un recetario doméstico y sin pretensiones, escrito por Angelita Alfaro e ilustrado por Mikel Urmeneta, que reúne trucos de cocina, listas de despensa y platos sencillos —salsas base, pintxos, ensaladas, cremas, sopas y huevos— pensados…
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Un recetario doméstico y sin pretensiones, escrito por Angelita Alfaro e ilustrado por Mikel Urmeneta, que reúne trucos de cocina, listas de despensa y platos sencillos —salsas base, pintxos, ensaladas, cremas, sopas y huevos— pensados para quien quiere comer bien sin complicarse ni gastar de más.
Este libro nace de una convicción muy sencilla: cocinar bien no exige ni destreza técnica ni un presupuesto holgado, sino unas cuantas ideas claras y ganas de ponerse delante de los fogones. Su autora, Angelita Alfaro, lo plantea como una conversación de cocina a cocina, con el tono de quien explica una receta apoyada en el quicio de la puerta, y lo dedica expresamente a todos los que necesitan alimentarse bien: estudiantes con poco dinero, personas que viven solas, quienes andan sobrados de trabajo y faltos de tiempo, y también parejas, familias o casas compartidas.
La obra arranca por donde conviene arrancar y no por donde suele hacerse. Antes de la primera receta hay un apartado de consejos y trucos que resuelve las dudas cotidianas que rara vez aparecen impresas: cómo reaprovechar el aceite de freír, cuántos minutos necesita un huevo para quedar duro o con la yema blanda, qué hacer cuando falta vino blanco o cebolla dulce, cómo congelar la levadura por porciones o guardar espinas y cabezas de pescado para un fumet posterior. A continuación llega un inventario de batería, menaje y despensa —del pelapatatas al chino, de las legumbres en tarro a los vinagres— que funciona como plano de una cocina realmente operativa: no la del escaparate, sino la que permite improvisar una cena cualquier martes.
El cuerpo del recetario avanza después por bloques reconocibles. Primero las salsas madre, explicadas paso a paso porque de ellas depende todo lo demás: bechamel, tomate, mayonesa, rosa, verde y vinagreta, con variantes prácticas como la mayonesa sin huevo. Luego los entrantes y pintxos —croquetas en varias versiones, tigres, empanadillas, fritos de calamar, canapés, tomates rellenos—, donde asoma con claridad una idea que recorre el libro entero: el aprovechamiento. Hay croquetas de fin de mes hechas solo con leche, harina y margarina, croquetas de ropa vieja con los restos de un cocido, pulguitas rellenas del ajoarriero del día anterior. Siguen las ensaladas, frías y vistosas; las cremas, purés y sopas, entre ellas una crema de verduras “sin ningún gasto” y una sopa caliegaestómagos concebida para el invierno; y un capítulo dedicado a los huevos, del más rápido escalfado a guisos de cazuela con verduras y carne.
Las recetas se acompañan de acotaciones al margen —una variante, una advertencia, un recuerdo— y de una raíz claramente navarra y riojana que aparece sin subrayarse: pimientos choriceros, cogollos de Tudela, ajoarriero, sopas de ajo heredadas de la madre de la autora. Las ilustraciones de Mikel Urmeneta acompañan ese registro con humor: en su presentación, el propio ilustrador se define como alguien ajeno a la cocina y cuenta que el libro le sirvió para descubrir que los fogones no queman, no muerden y no encadenan.
El resultado es un manual de uso diario más que un libro de lucimiento. No promete alta cocina ni técnicas de autor; promete que la cocina puede dejar de ser una obligación para convertirse en un espacio de ocio y placer, y ofrece las herramientas concretas para que eso ocurra desde la primera página.
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