En Mile Falls, un pueblo donde la sentencia se dicta mucho antes que el veredicto, Joe Winter escucha cómo lo condenan a la horca por la muerte de un ranchero al que no mató.
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En Mile Falls, un pueblo donde la sentencia se dicta mucho antes que el veredicto, Joe Winter escucha cómo lo condenan a la horca por la muerte de un ranchero al que no mató. Las únicas pruebas son el testimonio de un capataz enemistado con él y el rencor de una mujer despechada. A Joe solo le queda su hermano Cliff, dispuesto a cruzar la línea de la ley para sacarlo de la celda antes del amanecer, aunque el precio sea convertirse él mismo en fugitivo.
La novela arranca en el punto de máxima tensión: una sala de juicios donde el orden se sostiene apenas por unos fusiles. Joe Winter está acusado del asesinato de Raymond Hubert, un ranchero de la comarca, y la vista se convierte en linchamiento verbal cuando Pamela Turner, ahijada del muerto y antigua pretendiente del acusado, se levanta a señalarlo. Su acusación no es la de una testigo, sino la de una mujer herida que exige una agonía lenta. Basta esa chispa para que la sala estalle: el hermano menor del reo salta sobre los bancos, una cuadrilla de peones irrumpe con una cuerda ya preparada y el juez Burton tiene que subirse a la mesa, revólver en mano, para recordar a todos que la ley todavía existe. El jurado tarda una palabra en decidir: culpable.
A partir de ahí el relato se parte en dos hilos que corren en paralelo hacia la misma noche. Por un lado, Joe encerrado, repasando los meses que lo llevaron hasta esa celda: el noviazgo con Pamela, la ruptura cuando entendió qué clase de mujer era, el despecho convertido en coqueteo con Master —capataz del rancho y enemigo declarado suyo—, y la tarde en que acompañó al viejo Hubert a cerrar una compra de ganado y este apareció muerto de un balazo al día siguiente. No hubo pruebas; hubo dos declaraciones coincidentes y un pueblo con prisa por colgar a alguien.
Por otro lado, Cliff Winter, que se ha escapado a puñetazos de la oficina del sheriff y cabalga hacia las montañas en busca de Walton, un pistolero solitario y viejo amigo de su hermano que aprendió de los indios el arte de la emboscada. El plan que trazan no es sutil: unos cartuchos de dinamita robados en las minas, el puente y la presa por los aires, y la certeza de que el sheriff Mac Lay vaciará el pueblo para perseguir un ruido mientras la celda queda casi sin vigilancia. El pulso de la novela se juega ahí, en los minutos entre la primera explosión y la reja abierta.
La fuga sale bien, pero deja una herida abierta. En la huida, un disparo de Cliff derriba a un hombre que les cierra el paso, y ese hombre resulta ser el juez Burton, el único que en toda la historia había intentado sostener la ley frente a la turba. Con ese balazo, el hermano que llegó a salvar al inocente queda tan proscrito como él. Los dos parten hacia el oeste, hacia California y la promesa de un trabajo con ganado cerca de Sacramento, con víveres para dos días y un rastro que no tardarán en seguir.
Es un western de estructura clásica y ritmo seco, escrito casi enteramente en diálogo y acción, sin adornos ni pausas contemplativas. Su interés no está en el misterio —el lector sabe desde la primera página que Joe es inocente— sino en el mecanismo: cómo un pueblo entero, un rencor privado y la palabra de dos testigos bastan para fabricar un culpable, y cómo el único modo de escapar de esa maquinaria es ponerse fuera de ella. Los hermanos Winter no huyen de la justicia; huyen de su ausencia. El viento, el polvo abrasador y la tormenta que descarga sobre el Gran Cañón acompañan la fuga como un decorado hostil, y el relato se cierra en marcha, con un disparo rompiendo el silencio de un cañón desconocido.
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