Un profesor responde por carta a una alumna alemana que no está inscripta en su curso, para explicarle en qué consiste su materia sobre ciencia, técnica y sociedad.
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Un profesor responde por carta a una alumna alemana que no está inscripta en su curso, para explicarle en qué consiste su materia sobre ciencia, técnica y sociedad. A partir de ejemplos tomados de la prensa y del episodio de Arquímedes narrado por Plutarco, propone abandonar la idea de que las ciencias son un dominio autónomo y sugiere pensar la actividad científica como una red de traducciones y composiciones entre actores diversos: sabios, gobernantes, activistas, instituciones y objetos técnicos.
El texto adopta la forma de una carta pedagógica dirigida a una joven interesada en seguir, a distancia, un curso universitario sobre la relación entre ciencia, técnica y vida social. El remitente explica que su enseñanza no se apoya en manuales ni en una disciplina ya constituida, sino en la lectura atenta de la actualidad: recortes de prensa, publicidades, declaraciones políticas, que sus alumnos reúnen en un cuaderno de bitácora personal para luego comentarlos con sus propias herramientas conceptuales.
El hilo conductor de la carta es una pregunta aparentemente simple: ¿son las ciencias y las técnicas dominios autónomos, separados de la política, la economía y la cultura, o están profundamente entrelazadas con ellas? El autor muestra que el sentido común sostiene, sin advertirlo, las dos respuestas a la vez —a veces lamentando la distancia de la ciencia respecto de la vida cotidiana, a veces celebrándola como garantía de objetividad— y que esa contradicción, lejos de resolverse, merece convertirse en objeto de estudio.
Para ilustrar el problema recurre al relato que Plutarco hace de Arquímedes durante el sitio de Siracusa: el sabio ofrece al rey Hierón sus descubrimientos de geometría, los pone a prueba moviendo una nave con un simple juego de poleas, termina convertido en el arma secreta de la defensa de la ciudad y, sin embargo, la tradición lo recuerda como alguien indiferente a toda aplicación práctica. De ese relato en cuatro tiempos el autor extrae una lección: la autonomía de la ciencia no es un dato sino el resultado, siempre parcial y reversible, de una serie de rodeos y alianzas entre intereses distintos.
A partir de ahí introduce dos nociones centrales —traducción y composición— y un esquema que permite seguir cómo un curso de acción se desvía, se combina con otros y produce, al final, un resultado ambiguo del que resulta casi imposible discernir un único responsable u origen. El ejemplo de Arquímedes se completa luego con el de la píldora anticonceptiva, cuya historia entrelaza activismo feminista, financiamiento privado y química de los esteroides, para mostrar que ese mismo patrón de traducciones rige tanto los episodios legendarios como las transformaciones más recientes de la vida cotidiana.
Más que exponer conclusiones cerradas, la carta invita a un método: observar, recortar, comparar y demorar el juicio antes de decidir si la ciencia pertenece a un mundo aparte o si, por el contrario, su fuerza proviene precisamente de sus vínculos con la política, el dinero y las costumbres.