Escrita en la Antigüedad tardía, la Colección de hechos memorables de Julio Solino es un inventario del mundo conocido que arranca en Roma —su nombre, su fundación, su calendario, sus reyes— y desde allí recorre Italia, el Mediterráneo,…
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Escrita en la Antigüedad tardía, la Colección de hechos memorables de Julio Solino es un inventario del mundo conocido que arranca en Roma —su nombre, su fundación, su calendario, sus reyes— y desde allí recorre Italia, el Mediterráneo, Europa, África y Asia hasta los confines legendarios del Atlántico. Antes que un tratado geográfico, es una antología de lo asombroso: pueblos remotos, animales imposibles, plantas exóticas, costumbres extrañas y prodigios minerales. El volumen se abre con un extenso estudio introductorio que reconstruye la biografía incierta del autor, la discusión sobre su fecha y su destinatario, y el largo litigio crítico en torno al valor de su compendio.
Hay libros que la posteridad lee con entusiasmo durante mil años y luego condena en una sola generación. La Colección de hechos memorables de Julio Solino —conocida también como Polyhistor— es uno de ellos: copiada, citada y saqueada por la Edad Media entera, quedó marcada en el siglo XIX por el veredicto de un filólogo eminente que la juzgó un librito insignificante, obra de un escritor mediocre. Esta edición propone releerla sin ese peso encima.
La obra pertenece a un género que la Antigüedad tardía cultivó con entusiasmo: el compendio. Solino no pretende descubrir nada. Lo declara él mismo en la carta que abre el volumen, donde renuncia con toda naturalidad a la originalidad, se somete al criterio de los autores antiguos y se declara satisfecho de haber alcanzado la brevedad justa. Lo que ofrece es una selección: apartar lo sabido y quedarse con lo extraño. El resultado es una corografía comparada, una descripción de tierras, mares y pueblos veteada de todo aquello que había sorprendido la credulidad de los antiguos.
El recorrido tiene un centro y una espiral. Comienza en Roma —origen del nombre, época de los reyes, fijación del calendario, la figura de Augusto— y prosigue con una larga digresión sobre el género humano: rarezas anatómicas, dolencias, monstruosidades, y un catálogo de virtudes y capacidades ilustradas con personajes célebres de la República. Después empieza el viaje: la península itálica y sus islas, Grecia y el Mediterráneo oriental, el Helesponto y las orillas del Mar Negro, Escitia, Germania, la Galia, Britania e Hispania, con una parada en el estrecho de Cádiz para explicar las mareas. Luego África, desde Mauritania hasta Egipto y Etiopía; luego Asia, de Arabia y Siria a Persia, la India, Ceilán y Babilonia. El libro se cierra mar adentro, en las Górgades, las Hespérides y las Afortunadas, allí donde la geografía se disuelve en leyenda.
Su materia procede en gran parte de la Historia Natural de Plinio y de Pomponio Mela, pero no solo: el estudio preliminar sigue el rastro de fuentes cronográficas y corográficas hoy perdidas, de citas de Varrón llegadas por vía indirecta, de una hipotética refundición intermedia de Plinio que explicaría coincidencias con otros autores tardíos. Esa arqueología de las fuentes es también el argumento a favor del libro: allí donde Solino se aparta de sus modelos, conserva noticias que de otro modo habrían desaparecido.
La introducción reconstruye además cuanto puede saberse del autor, que es poco y frágil: un cognomen plebeyo, indicios de posible ascendencia gala, la sospecha de que su curiosidad fue esencialmente libresca. Repasa las candidaturas propuestas para el enigmático Advento de la dedicatoria, discute la hipótesis de una segunda edición corregida por el propio Solino y sopesa los indicios de datación —una ciudad palestina descrita en ruinas, una diosa rebautizada, un silencio sobre el cristianismo— para situar la escritura entre finales del siglo III y mediados del IV.
Leída así, la Collectanea deja de ser un accidente de la transmisión textual y se convierte en documento: el retrato de una cultura para la que aprender era también entretenerse, y de unos lectores que preferían el catálogo y la digresión al tratado. Sus imperfecciones son parte de lo que informa.
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