En una aldea pesquera de mar gris y cielo casi siempre encapotado, Colo sueña con ser explorador mientras remienda redes y recoge almejas para ayudar en casa.
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En una aldea pesquera de mar gris y cielo casi siempre encapotado, Colo sueña con ser explorador mientras remienda redes y recoge almejas para ayudar en casa. Con su pandilla asalta el Promontorio de la Calavera en busca del tesoro de un viejo filibustero, inventa islas y náufragas sobre la arena y aprende, cuando una barca no vuelve al puerto, que el mar que alimenta sus fantasías es también el que decide la suerte de los suyos.
Colo vive en una aldea marinera pequeña y pobre, encajada entre cuestas empedradas, tejados de pizarra y un puertecillo cerrado por un malecón. Es hijo y hermano de pescadores, y su vida transcurre entre el colegio, las redes que su madre le manda coser sin admitir aplazamientos y las salidas a la playa con dos cubos para recoger almejas, chirlas, percebes y nécoras que en esa casa hacen mucha falta. Pero la cabeza de Colo está en otra parte: en archipiélagos por descubrir, en sondas que midan las grandes profundidades, en el velero de tres palos que se comprará cuando sea navegante famoso y en el día en que libere a su madre de tanto trajín.
Esa imaginación es también su forma de mandar. Como jefe indiscutido de una pandilla —Dina, Blas, Celio, que se sabe las capitales del mundo, y Santi, el gafitas escéptico que siempre le discute—, organiza el asalto al Promontorio de la Calavera, un peñasco batido por el viento donde, según él, el filibustero Conrad escondió hace dos siglos el botín arrebatado a goletas y carabelas antes de morir traicionado por sus propios hombres. La expedición baja hasta una gruta al pie de las rompientes, hace una pirámide humana, apedrea unas piedras sospechosas y no encuentra nada; pero Colo tiene la habilidad de convertir cada fracaso en una hazaña compartida, y la pandilla vuelve a casa convencida de haber vivido algo. Después vendrán otras invenciones, como la del audaz descubridor que arriba a una isla habitada y descubre entre los indígenas a una náufraga que no es quien parece.
El relato alterna esa fabulación luminosa con el pulso real del oficio. Un mediodía la campana de la iglesia toca a rebato: una barca no ha regresado, el poniente se desmelena, llegan noticias de una mancha de aceite y restos sueltos en alta mar. Entre hombres callados y mujeres angustiadas, Colo descubre que el destino de cada pescador está atado al suyo y pregunta a su padre si los grandes héroes del mar también lloran. Cuando su hermano mayor cae enfermo, se ofrece a ocupar su puesto, y esa oferta abre la puerta a otra clase de aventura: la de embarcarse de verdad, como grumete, en el mar que hasta entonces sólo había explorado con la fantasía.