Novela de Caroline Miller, traducida por Juan G. de Luaces bajo el título «Colonos en Georgia» (original: *Lamb in His Bosom*), que sigue a Cean Carver desde el día de su boda con Lonzo Smith y su traslado a la cabaña recién levantada que…
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Novela de Caroline Miller, traducida por Juan G. de Luaces bajo el título «Colonos en Georgia» (original: Lamb in His Bosom), que sigue a Cean Carver desde el día de su boda con Lonzo Smith y su traslado a la cabaña recién levantada que él ha construido seis millas al oeste de la granja paterna. En los pinares y aguazales del sur de Estados Unidos, la vida se mide por lunas nuevas, sementeras y partos: la autora convierte el trabajo cotidiano —batir la manteca, sembrar el trigo, curtir pieles, criar hijos— en la materia misma del relato, y deja que el silencio entre marido y mujer diga lo que ninguno de los dos sabe nombrar.
La historia arranca con una despedida. Cean Carver se aleja en la carreta junto a Lonzo Smith, su marido desde hace unas horas, mientras su familia la mira partir desde la puerta; solo falta Jake, el hermano pequeño, que ha corrido a esconderse bajo un sauce a la orilla del río para rumiar una pérdida que no tiene palabras. Ese doble movimiento —lo que se deja atrás y lo que se estrena— marca el pulso de toda la novela.
El camino atraviesa bosques de pino, un cenagal de cipreses gigantes donde en verano flota la fiebre, un otero de bayas aromáticas y serpientes de cascabel. Al final espera la casa: maderos nuevos, la arcilla de la chimenea aún húmeda, una estacada, una vaca y su ternero, la tierra recién arada aguardando la semilla. Lonzo lo ha levantado todo con sus manos, y con esas mismas manos talla alfileres de cedro y un cofrecito de cerezo para regalárselos a Cean la primera noche, incapaz de decir en voz alta lo que el gesto dice por él.
A partir de ahí, Caroline Miller organiza la narración por lunas y cosechas. Cean siembra cuatro granos en cada golpe —uno para los insectos, otro para los buitres, otro para pudrirse y otro para que crezca—, lava en el pilón del manantial, guarda sin lavar el vestido pardo de su boda, sueña con un telar y con tintes azules y amarillos. Lonzo calcula cobertizos, cochiqueras, cercas, el viaje de otoño a la Costa: ese lugar del que se habla en casa como de un sitio de ron y pendencias donde las mujeres decentes no ponen el pie, y que la madre de Cean solo conoce por una calle larga vista una vez desde una carreta entoldada. El mundo, para estas familias, tiene el tamaño exacto de lo que puede recorrerse a paso de buey.
El embarazo introduce en Cean una inquietud nueva: no soporta la idea de que Lonzo mate al ternero con el que empezaron su vida de granjeros, aunque sepa que lo matará y que a ella le tocará derretir el sebo y cocer la carne. Una mañana, buscando bayas para sazonar la sopa, la muerde una serpiente de cascabel; Lonzo la sangra a cuchillo, le vierte trementina en el brazo y la obliga a beber whisky hasta que el color le vuelve a la cara, y después le ordena, ásperamente, que se quede en casa, «que es donde te corresponde estar». Esa misma tarde Cean siente por primera vez, como el aleteo de algo diminuto, el corazón de su hijo.
El estilo es lineal, sencillo y de una gran precisión sensorial: el olor del humo, la arena blanca, el crujido del jergón de paja, la luna nueva inclinada como una hoz que anuncia lluvia. Bajo esa aparente calma late lo que la novela cuenta de verdad —la dureza de la vida de frontera, el peso del trabajo, la ignorancia y el aislamiento que estrechan el horizonte de sus personajes, la ternura torpe que sobrevive en los márgenes—. Miller no juzga ni subraya: describe una existencia repetida hasta el asfixio y confía en que el lector reconozca, en la belleza de sus detalles, también su encierro.
Distinguida con el Premio Pulitzer y con el Premio Fémina Americano, la obra apareció en castellano en Ediciones del Zodiaco (Barcelona) en versión de Juan G. de Luaces.
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