En la Babilonia de los últimos años de Alejandro Magno, un joven aguador convertido en mahavat descubre que el único lenguaje capaz de contener a Coloso —el mayor elefante de guerra del ejército— es el que aprendió de un viejo adiestrador…
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En la Babilonia de los últimos años de Alejandro Magno, un joven aguador convertido en mahavat descubre que el único lenguaje capaz de contener a Coloso —el mayor elefante de guerra del ejército— es el que aprendió de un viejo adiestrador manco. Cuando el animal se desboca y arrasa el recinto, Gajendra se planta ante él y lo obliga a arrodillarse a la vista del propio Alejandro, que lo asciende en el acto y lo convierte, sin querer, en enemigo mortal de su capitán humillado. Mientras el campamento se prepara para una nueva campaña y los veteranos macedonios murmuran motín, muy lejos, en Cartago, una madre entrega a su hija muerta al pozo de la diosa. Dos mundos que la guerra acabará por juntar.
Todo empieza con un grito: «¡Matadlo!». Coloso ha arrancado la estaca del suelo, ha derribado un edificio y ha dejado a dos hombres tendidos en el polvo del recinto de los elefantes. Nadie sabe por qué se ha enfurecido salvo Gajendra, un muchacho que barre paja y lleva desde los nueve años entre colmilludos: alguien ha vuelto a pincharle con un ankus afilado. Contra toda prudencia, se planta delante del macho, dobla una rodilla y le habla en la única lengua que el animal entiende. La bestia se detiene, sacude la cabeza y se echa. Quien presencia la escena desde un garañón blanco es Alejandro, y el gesto le divierte lo bastante como para nombrar mahavat al chico, humillar a patadas al capitán del regimiento y pagar cinco monedas nuevas por un prodigio que no comprende.
De ese instante nacen todas las tensiones de la novela. Gajendra hereda el ankus de su tío Ravi —el viejo adiestrador manco que lo recogió de niño y le enseñó que un elefante debe obedecer por amor y no por miedo— y con él hereda también una enemistad: Oxatres, el capitán apaleado, promete matarlo. El campamento, sin embargo, tiene otras urgencias. En el maidan, hombres, caballos y elefantes ensayan la batalla entre nubes de polvo, y de veinte colmilludos apenas cinco resisten la carga sin huir al río. Sólo Coloso permanece quieto, atento, calculando; Gajendra empieza a sospechar que el animal no reacciona, sino que piensa.
Alrededor del muchacho, el imperio cruje. Alejandro pasea su corte, su guardia y su harén entre elefantes acorazados que sirven más de decoración temible que de defensa, y en esa procesión Gajendra entrevé, un segundo apenas, el rostro de una mujer de ojos negros que aprende de memoria como quien memoriza una condena. Ravi le explica lo que él no ha querido oír: las princesas se reparten como fichas para comprar lealtades, los veteranos macedonios están hartos, viejos y a un paso del motín, y el general los mantiene en pie con una promesa nueva. Después de Babilonia, Cartago. Después de Cartago, la patria.
Entretanto, en la Cartago del año 323 a. C., una mujer llamada Mara sostiene a su hija muerta al borde de un pozo mientras una sacerdotisa y un padre soldado le repiten que debe soltarla. Es la otra mitad del libro: una ciudad con sus propios dioses y sus propios precios, esperando al ejército que ya ha decidido marchar sobre ella. Entre el afecto pegajoso de un elefante que cubre de baba a su cuidador y la crueldad rutinaria de los hombres que lo montan, la novela avanza hacia el choque de dos civilizaciones con una idea incómoda en el centro: quién es exactamente la bestia.