En la Isla del Cisne, un promotor llamado Fairbanks ha reunido cuarenta hombres, un contrato incierto con la Marina y una red gigantesca con un único propósito: atrapar un plato volador.
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En la Isla del Cisne, un promotor llamado Fairbanks ha reunido cuarenta hombres, un contrato incierto con la Marina y una red gigantesca con un único propósito: atrapar un plato volador. Su ayudante Jack, harto de promesas sin paga, le da una semana de plazo. Antes de que el ultimátum venza, el disco desciende de verdad, y la cacería se invierte: los cazadores son inmovilizados por una fuerza invisible y embarcados rumbo a Torio, un planeta habitado por seres idénticos entre sí, sin nombres y sin tiempo, que dicen descender de los terrestres que huyeron durante el diluvio y que ahora necesitan sangre nueva para no extinguirse.
Combate cósmico arranca con una discusión de dinero. Fairbanks, empresario tenaz y algo iluminado, ha instalado un campamento precario en la Isla del Cisne, un punto del mapa donde los platos voladores han sido vistos posarse más de una vez sin que la ciencia sepa explicar por qué. Su plan es tan simple como desesperado: una red enorme, unos cables tendidos por el terreno y un dispositivo capaz de echarla encima del intruso. La Marina le ha prometido dinero solo si entrega el aparato; sus hombres, que llevan semanas sin cobrar, le prometen abandonarlo si no ven resultados. Jack, el ayudante escéptico y burlón, fija el plazo en siete días.
Al quinto día suenan los detectores. Lo que aparece sobre el claro no se parece a la presa imaginada: un disco de veinte metros, de superficie metálica impecable, que roza el suelo despidiendo calor y olor a azufre, quema las cuerdas como si estuvieran impregnadas en pólvora y deja salir a media docena de figuras enmascaradas de estatura corriente. Antes de que nadie ordene nada, Fairbanks y Jack descubren que no pueden mover un músculo. Los suben a bordo casi sin peso, como si la gravedad hubiera dejado de aplicarse a ellos.
A partir de ahí la novela cambia de género: de la aventura de cacería pasa al diálogo especulativo. Los captores se presentan como torianos, seres sin nombre y sin rostro propio —todos iguales, coordinados como una sola voluntad— que se dicen descendientes de los terrestres que abandonaron el planeta durante la gran conflagración que los humanos llaman diluvio. Su civilización, aseguran, es perfecta y por eso mismo está muriéndose: la reproducción artificial les ha vaciado el sentimiento, y necesitan ejemplares humanos para sostener la raza. La nave viaja sin motor ni combustible, impulsada por la voluntad de la tripulación; el aire que respiran es un gas prana generado a bordo, y una avería en ese generador basta para poner a los dos terrestres a un paso de la asfixia. En Torio no hay horas ni relojes, solo luces y sombras.
Secuestrados, alimentados, tratados con una cortesía inquietante y advertidos de que sus mentes pueden ser corregidas si no se adaptan, Fairbanks y Jack reaccionan cada uno a su manera: uno empieza a calcular cómo convertir el prodigio en poder; el otro, más imaginativo, intuye que están frente a algo que su vocabulario no alcanza. Publicada en Buenos Aires en 1966, la novela de Maximiliano Fisher pertenece de lleno a la ciencia ficción popular de quiosco: ritmo de folletín, diálogo abundante, y detrás de la peripecia una discusión ingenua y persistente sobre el tiempo, la energía, la felicidad y el precio de una civilización sin defectos.
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