Isasaweis, una de las creadoras veteranas de la cocina casera en internet, propone aquí un método para adelgazar sin dietas de moda, alimentos prohibidos ni raciones mínimas.
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Isasaweis, una de las creadoras veteranas de la cocina casera en internet, propone aquí un método para adelgazar sin dietas de moda, alimentos prohibidos ni raciones mínimas. Partiendo de su propia experiencia —años de dietas fallidas y una pérdida de 20 kilos lograda al fin cambiando el enfoque—, la autora combina un decálogo de hábitos sostenibles con más de cien recetas de diario: sopas, cremas, verduras, carnes, pescados, legumbres y huevos preparados con lo que ya hay en la despensa. El objetivo no es un cuerpo delgado, sino uno sano, fuerte y compatible con una vida social normal.
Hay un momento concreto en el que empieza este libro: un comentario inocente entre amigos, unos vaqueros que no entran, y la decisión de ponerse a dieta a los dieciocho años. Lo que vino después, cuenta la autora, fue casi dos décadas de listas de alimentos prohibidos, combinaciones imposibles, cantidades ridículas y el mismo final repetido una y otra vez: recuperar lo perdido, y con ello la frustración. La conclusión a la que llega no es que le faltara voluntad, sino que el concepto era erróneo. Una dieta es un conjunto de reglas temporales que se abandonan al llegar a la meta; lo que hacía falta era otra cosa.
Esa otra cosa es la que ocupa la primera parte del libro. Antes de encender el fuego, la autora desmonta los miedos heredados de tantos regímenes —la patata, el plátano, el pan blanco, la fruta de postre, los hidratos por la noche— y los sustituye por una lista de renuncias distintas: no contar calorías, no pesar la comida, no subirse a la báscula cada mañana, no castigarse al día siguiente de una celebración. A partir de ahí llega un decálogo de hábitos deliberadamente poco estrictos: comer de todo, incluidas las grasas; orientarse con la palma de la mano y el puño cerrado en lugar de con la balanza; apartar el azúcar y los ultraprocesados del día a día sin dramatismos; llenar el plato de verduras; no quedarse nunca con hambre real; beber agua; combinar cardio y trabajo de fuerza; y, sobre todo, adaptar el cambio a los gustos y al horario de cada uno, porque un hábito que no gusta no se sostiene. El último mandamiento avisa de lo demás: el camino sube, pero en picos, y un mal día no borra un cambio de vida.
La segunda parte lleva ese planteamiento a la cocina. Son más de cien recetas de las que la autora prepara realmente en casa —sopas y cremas, verduras, carnes, pescados, legumbres, huevos—, algunas suficientes como plato único y otras pensadas para acompañar. El tono es el de quien cocina a diario y no el de un manual: junto a cada elaboración aparecen sus sugerencias y sus trucos, que suelen ir en la dirección de simplificar y aprovechar. Caldo de pollo también para las cremas de verdura, porque le gusta más el sabor; pimiento congelado cuando no hay fresco; una bolsa de pescado y marisco para resolver una sopa en quince minutos; el pan del día anterior convertido en sopas de ajo; el arroz sobrante triturado para dar cuerpo a un caldo; una crema de puerros y peras que en verano se sirve fría y sin curry. Ni siquiera indica el número de comensales: cada cual decide cuánto necesita, y lo que sobra se guarda o se congela.
Completan el conjunto una lista de la compra, ideas para llenar la despensa y una guía de planificación semanal y mensual, además de un plan exprés para retomar el ritmo después de unas vacaciones o las Navidades. El libro se dirige a quien ya ha probado de todo y ha dejado de creerse capaz, y su promesa es modesta y concreta: aprender a comer bien para poder mantenerlo siempre. La propia autora advierte que no es profesional de la salud y remite al médico para cualquier consulta; lo que ofrece es su ejemplo, su cocina y un método pensado para durar.
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